Tres salidas

Por Jorge V. Ordenes L.
Los bolivianos nunca concibieron que el sistema democrático moderno (que tuvo sus prólogos en la Grecia antigua o sea antes de Jesucristo, y que se perfeccionó en revoluciones y batallas libradas mayormente en Europa y América que consumieron 2000 años en medio de reflexiones cristianas y seglares) hubiera sido el tobogán histórico por el que llegasen al poder hace menos de un año los bautizados de “originarios” (y sus turiferarios extranjeros) que históricamente, sobre todo antes del Descubrimiento de América, tuvieron la observación astronómica como cuna de mitos, y al emperador o mandamás como resultado de esos mitos y como representante de divinidades o como divinidad en sí. Urge recordar a los “originarios” que han leído miles de libros y a los que proponen no leer ninguno, que no hubieran llegado al poder ni mucho menos sin la vigencia del sistema democrático… que tanta sangre y tiempo tomó implementar en la angustiada Bolivia de hoy.

Nunca antes se había sentido la incertidumbre que reina y hasta se huele en todos los rincones del país. Nunca antes los “quechuas”, “aymaras” y sus seguidores habían estado en el poder central. Nunca antes el Gobierno central había dispuesto el cierre de las dependencias gubernamentales de servicio al pueblo como represalia a la disensión que en toda democracia es imprescindible. Nunca antes los extranjeros se habían interesado en el acontecer “boliviano” por razones antropológicas y de sicología colectiva, o sea de probeta. Nunca antes el accionar de organizaciones no gubernamentales también del exterior como CEJIS, CIPCA, ALAS, SNV, CÁRITAS, y Fundación Solón, se había metido en el brete actual, o nos había metido en el brete mejor dicho, a costa de dinero y cruzadas educativas de gente que actualmente está en el Gobierno aprovechándose en la estela generosa de la democracia boliviana. Nunca antes se había utilizado una situación boliviana como la de ahora para avanzar causas populistas de otros países como Venezuela, que poco tienen en común con el socialismo antojadizo que intenta implantar en Bolivia un sector de los grupos que gobiernan. Nunca antes se había barajado la idea de partir de facto el país. Nunca antes se había escuchado a gente de la Media Luna hablar de Consejos Departamentales que llegasen a reemplazar al Poder Legislativo. Nunca antes un presidente de Bolivia había dicho “no se permitirá la división de Bolivia”, lo que quiere decir que ha llegado a su atención el elevado grado de descontento que viene generando el circo de Sucre y el desacato oficial.

Algunos de nosotros creemos que la situación actual de distorsión de la democracia que se traduce en el obvio usufructo de las tradiciones indígenas, en el menosprecio y hasta desprecio de la cosmogonía andina, en el endiosamiento de la coca, en el rechazo del lado moral y justo del cristianismo, en el total desacato de las leyes, y en el apego a países de regímenes equivocados, solamente puede tener una de tres salidas.

Una sería continuar socorriendo diferencias en forma perentoria y mediocre de modo que sigamos con más de lo mismo entre pedidos y promesas de autonomía, paros y bloqueos, más la prolongación indefinida del “trabajo” de la Asamblea Constituyente entre forcejeos legalistas y otras insólitas y costosísimas manifestaciones.

Otra salida es la intransigencia y el desgaste que lleven al calvario de la partición del país entre bataholas de facto y jurídicas, y de costo emotivo. Que cada vez hay más gente sobre todo en la Media Luna que está dispuesta a sufrir ese calvario y ese costo dada la increíble, insensata y poco iluminada intransigencia del Gobierno, no hay duda y tampoco broma. Aquí hasta las fuerzas armadas pueden verse contra la pared porque lo que quizá provoque los hechos es la tozudez del Gobierno central, y no las regiones que proponen autonomías y menos aislamiento.

Una tercera salida, la más sensata aunque en estos momentos la menos probable, es que nuestros gobernantes se den cuenta de que Bolivia ha sufrido la revolución de 1952 y su secuela de minifundio improductivo, de estatismo incompetente y corrupto, de opresión, y de inusitadas ambiciones de poder; y que más de la mitad del país no permitirá otra “revolución”, por más coreografiada que sea, que arrase con los derechos civiles, la propiedad privada que paga los impuestos de ley, y en general con la Constitución existente y las leyes. Todo en pos de un socialismo que en nombre “del pueblo” intente dizque “gobernar” soliviantando los peores instintos de una población que necesita educarse, vacunarse y tranquilizarse por medio del empleo razonablemente bien remunerado que es hoy definitivamente alcanzable con los ingresos del gas, la minería actual y el comercio.

Toda esa angustia popular, a ratos desesperada, se desenvuelve, paradójicamente, en medio de cifras macroeconómicas y de balanza de pagos que gobiernos anteriores hubiesen envidiado, y que el Gobierno actual procura de mil formas, acaso sin percatarse, destruir.

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