Hablar del pueblo

Hablar del pueblo
Por Jorge V. Ordenes L.
El comediógrafo latino Publio Terencio decía, creo que en El verdugo de sí mismo, 163 años antes de Cristo: “Tantos hombres, tantos pareceres.” O sea que muchísimos pareceres e intereses, ambiciones, tendencias y militancias conforman lo que barrócamente se puede llamar “pueblo”, sobre todo en este momento, en Bolivia. La definición de democracia en cuanto a ser “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” es un eufemismo y siempre ha sido. Deriva de un concepto griego que en su momento significó ciudadanos varones, o sea originarios de la ciudad solamente, con exclusión de mujeres, sirvientes y desde luego esclavos que también habitaban ciudades sobre todo Atenas.

Hablar del “pueblo” es fácil para el metido a político porque se trata de un sustantivo de significado dúctil y hasta contorsionista que en realidad significa poco o nada porque en la Bolivia alborotada de hoy la población sigue siendo urbana, rural, pudiente, empresarial, profesional, tecnificada, institucionalizada (como las fuerzas armadas), asalariada, desempleada, subempleada, dedicada a la informalidad, pobre, delictiva, etc., con todas las distancias de actitud vital, idiosincrasia y contexto geográfico que tal implica sea éste oriental, occidental, sureño, norteño, andino, valluno o llanero, cada cual diferenciado históricamente y por lo tanto diferenciado en todo lo demás. Ahora, en estos estratos humanos y regiones seguramente hay personas ejemplares. También las hay menos ejemplares, incapaces, inmorales, etc. Lo cierto es que todos tienen intereses distintos lo que es lógico y hasta necesario. Entonces, ¿se trata realmente de un “pueblo” al que se puede dirigir un mensaje común en este momento convulsionado?

De ninguna manera. Cuando autoridades de Bolivia, a finales de 2006, hablan de “pueblo” o “en nombre del pueblo”, seamos claros: se refieren a la población mayormente rural y poblana de Occidente que por falta de caminos, vigencia de las leyes, hospitales, escuelas, y tecnología, “vive” en la más aparente simpleza que bien puede llamarse pobreza, aunque no miseria. Come, se viste y sobrevive e incluso tiene sus organizaciones y festividades en medio de esa simpleza y quizá en función a ella. Claro, tarde o temprano iba a llegar a saber cómo viven los bolivianos de otras regiones y lógicamente quiere vivir como éstos, lo que viene a ser un deseo legítimo por donde se mire. Pero no por eso el vocablo “pueblo” en el contexto boliviano de hoy significa solamente la población de Occidente que si bien llega a la mitad de los habitantes del país, nunca, políticamente ni mucho menos, nos incluyó a todos. Ahí radica el error contumaz de su excelencia el Presidente de la República y sus allegados.

Por otro lado, no solamente es cuestión de intereses sino de veracidades históricas que también incluyen intereses históricos. Una verdad histórica es que los que descuidaron y hasta entorpecieron el trato y en general las relaciones entre el Occidente y Oriente de Bolivia desde comienzos del siglo XX han sido mayormente los mestizos collas que cursaron por el poder central, muchos de éstos emparentados con mestizos orientales. Aquellos más estos menos estropearon históricamente las relaciones con las minorías hoy llamadas “étnicas” que, por esas cosas de la vida y de la democracia, hoy están en el poder y buscan revanchas abiertas y/o camufladas.

¿Por qué digo esto? Porque las cosas entre regiones, idiosincrasias y formas de ver la vida están alteradas en Bolivia. Siempre lo estuvieron solapadamente, encubiertamente. La diferencia es que ahora brotaron y el pus salpica por doquier… lo que por desgracia tenía que suceder tarde o temprano. Y hoy están más alteradas en parte porque discursear del y al “pueblo” no solamente es una mueca, sino que es una pérdida de recursos, tiempo, y salud.

Para entendernos, en la coyuntura actual, delicada y muy susceptible al mal entendido, es necesario hablar identificando qué se quiere decir con “pueblo”, y cómo se propone relacionar los intereses de ese “pueblo” con los intereses de los otros pueblos que conforman el país. Tampoco es tan difícil. A no ser que la intención del discurso sea crear “ríos revueltos” donde los “pescadores” nacionales y extranjeros tengas los anzuelos listos de una manera artera propensa al desquicie.

La Constitución Política del Estado es o debería ser un acuerdo de todos los arriba mencionados
(nunca lo ha sido del todo) sobre el que supuestamente descanse el conjunto de leyes, regulaciones y decretos que rijan las relaciones entre los ciudadanos de las varias etnias y culturas, conjunto que debería fungir como denominador común sobre el que cabalgue, insisto, la estructura jurídica del país. Sólo las leyes deben actuar como denominador común que inhiba lo multiétnico y pluricultural. Entonces, entre nosotros y en este momento incierto, ¿no debemos hablar claramente de pueblos y gobernantes que deben acatar las leyes en vez de barajar consignas montoneras?

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