A como dé lugar no tiene lugar

A como dé lugar no tiene lugar
Por Jorge V. Ordenes L.
El poeta, ensayista y filósofo mexicano, Octavio Paz, decía a mediados de los 1970 que la Unión Soviética (URSS) fracasaría en su afán socialista centralizado y represivo de las libertades civiles; y que los Estados Unidos (EEUU) nunca sería imperio porque era una democracia. O sea que lo de EEUU imperialista era más resultado de la falta de capacidad de las demás colectividades, en vez de un propósito de su política exterior.
Las represiones brutales de levantamientos populares y hasta espontáneos llevadas a cabo por el régimen soviético en los años 1920, cuando Stalin hace matar a más de veinte millones de personas en su afán de eliminar oposición e instaurar, entre otras cosas, el sistema cooperativo en el campo; y después en los 1950 en Hungría; luego en Alemania Oriental y la entonces Checoslovaquia, comprobaron a moros y cristianos la inviabilidad de las idolatrías del izquierdismo.
¿Por qué vaticinaba Octavio Paz el fracaso de la URSS? Porque creía que sus relativos éxitos en cuanto a alimentar y educar mejor al pueblo, con el tiempo daría gente saludable y hasta fornida corporal e intelectualmente, y desde luego curiosa de saber por qué había que tener un muro de Berlín, una cortina de hierro y varias cortinas más que ocultaban las ideas que se barajaban en el resto del mundo. El resultado de tal realidad fue el cuestionamiento del aletargado y corrupto centralismo soviético, y con el tiempo inepto para satisfacer las necesidades de la gente. El muro de Berlín sucumbió en noviembre de 1989, lo que vino a dar la razón al mexicano.
El sentimiento de triunfo de EEUU después de la segunda guerra mundial, el resultado a medias de la guerra de Corea, la pérdida de Cuba, la derrota de Vietnam, el apoyo a las dictaduras militares represivas de Iberoamérica, Watergate, el secuestro de diplomáticos en Irán, Beirut a principios de los 1980, más los hippies (y yuppies que luego nutrieron el ecologismo, Silicon Valley, la internet, etc), comprobaron, tanto en el campo de batalla como en las múltiples manifestaciones contra la guerra de Vietnam, que la Constitución democrática del país, la representatividad y el trabajo de contrapesos y balanceos de los poderes del Estado, más la empresa privada que en promedio pagaba un treinta por ciento de impuestos federales, triunfaban, por lo menos hasta comienzos de los años 1990.
Pero bueno, a qué viene todo esto. A que los renovados socialistas (algunos comunistoides) iberoamericanos que en este momento gobiernan y que buscan aliarse entre sí, confraternizar y demás, han sido puestos en el poder democráticamente (menos en Cuba) y que democráticamente deben gobernar como se ve inteligentemente en Argentina, Brasil, Chile, Uruguay; pero no se ve en Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela; aunque creo que todavía no hay que juzgar del todo los casos de Ecuador y Nicaragua porque me parece que sus gobernantes van aprendiendo rápidamente que el costo de acaparar poder a como dé lugar en nombre “del pueblo”, a la larga será contraproducente lo que no conviene a nadie. Por algo la encuesta de la compañía mexicana Consulta Mitofsquy, según El País de Madrid de mediados de mayo, dio el setenta y seis por ciento de aprobación a Rafael Correa de Ecuador y, para sorpresa de muchos, setenta y cinco por ciento a Álvaro Uribe de Colombia. Felipe Calderón de México y Hugo Chávez de Venezuela alcanzaron el sesenta y cinco por ciento. Evo Morales alcanzó un sesenta y cuatro por ciento, y Daniel Ortega en sesenta y uno. De ahí el ímpetu con que algunos de ellos gobiernan a como dé lugar, y el apuro que tienen en estatizar todo. Encuestas de junio muestran deterioro en la popularidad de Correa.
En el caso boliviano, el intento de acaparar puestos a como dé lugar en el Poder Judicial, en la Asamblea Constituyente, en el Congreso Nacional, en las instituciones departamentales, en la prensa, etc., tiene poco sentido porque más de la mitad del pueblo de Bolivia está lo suficientemente educado, informado y vacunado como para que un avasallamiento estilo URSS de los años 1920 sea posible.
La lección es clara, y si los europeos, como el presunto consejero de Hugo Chávez, el alemán Henry D. Steffan, no lo ven, deberían verlo porque ha de ser difícil instaurar poderes “supranacionales”, dizque “populares”, a empellones y codazos contra la democracia que ha puesto en el poder a los que están. Para tales no habrá sitio en Bolivia porque lo fracasado nunca tendrá espacio significante en un medio tan amante de la libertad (y el libertinaje) como el boliviano.
Constitucionalmente en Bolivia se podrá hacer más, y hasta maravillas, en un territorio que tiene tanto para generar ingreso y no quitárselo a nadie del país ni de fuera de él. Ni menos recibir consejos doctrinarios de nadie. Por favor, ya pasó eso de ser colonia de ideologías importadas. Bastante tenemos con lidiar con el coloniaje de nuestra propia idiosincrasia tan susceptible, insisto, a recibir lo pensado por otros.

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