Entendámonos ¿será posible?

Entendámonos ¿será posible?
Por Jorge V. Ordenes L.
Un alto funcionario del Poder Ejecutivo decía públicamente hace unos días, hablando dizque de la claridad con que se debería abordar el tema de las autonomías, que “la complementariedad de los procesos más allá de la comparación “era importante para entendernos. O sea que primero se compara cualquier cosa a/con otra para luego determinar complementariedad o lo que sea. Pero ¿cómo se determinan complementariedades, o cualquier otra cosa, si primero no se compara esto con aquello? ¿Acaso no es obvio en cualquier caso que para determinar complementariedad es necesario, primero que nada, la comparación? ¿Para qué insistir puerilmente en que dos y dos son cuatro y pretender que se está diciendo algo genial, y luego afirmar que son cinco en vez de cuatro para confundir del todo al que escucha, si es que escucha? ¿No se trata de algo no solamente irracional sino peor, erróneo y por lo tanto estulto? ¿Para qué llenar el aire de espacios y palabrerío innecesario con el enajenado propósito de intentar impresionar explicando lo lógico y sobreentendido como si fuésemos analfabetos o tontos, o ambos? ¿Para qué hablar al pueblo como en lección de dialógica?
Si para “entendernos” vamos a continuar usando simplezas discursivas repletas de ambigüedades y contrasentidos, mejor nos quedamos con el sermón de los políticos de siempre que a menudo tampoco hablaban claro porque no les convenía o porque no tenían qué decir o lo decían mal para luego abundar en nebulosidades que nadie, ni ellos, podían llevar a puerto ni menos hacerlas entendibles. Se trataba y por lo que se escucha todavía se trata de logomaquia, o sea palabrerío al viento que puede que tenga forma pero de contenido, nada.
Lo que quiere decir que el enunciante, en este caso el referido alto funcionario, encuentra necesario hacer bulla a la manera de los antiguos argonautas que con estruendo verbal, incluyendo lamentos, berridos y llanto, buscaban ahuyentar las huestes de seres necesitados que estaban poco menos que persuadidos de que con esos lamentos, etc., su suerte iba a cambiar. No importaba si ésta cambiase para mejor o peor, pero de lo que se estaba seguro era que iba a cambiar. Algo así acontece en Bolivia nuevamente. Mientras las cosas más parecen cambiar más quedan en lo mismo o empeoran, claro, que es lo que estamos viendo.
De allí que la verborrea oficialista actual no sea más que una repetición de lo que se debe evitar en función de gobierno por la sencilla razón de que hay mucho, muchísimo que decir, para erradicar la incertidumbre, la frustración y la desesperanza del momento actual que por desgracia tiene paralizados los ánimos, revoloteadas las ansiedades, ahuyentada la inversión (ni suficiente gas habíamos tenido) y atemorizada una cantidad de bolivianos jóvenes emprendedores que en este momento no ven futuro en Bolivia ni tampoco ven clara la posibilidad de emigrar dadas las restricciones impuestas por ejemplo por España desde el primero de abril, y que el Gobierno ha visto conveniente ignorar. Para cabildear en ultramar contra la decisión de la altura de la FIFA hasta Su Excelencia se da tiempo, pero no para cabildear a favor de los 250.000 bolivianos que están en el limbo de la ilegalidad española. Este gobierno hace muy poco para aumentar el empleo que se necesita más que nacionalizaciones, nuevas constituciones y más discursos de argonautas.
Por otro lado y en vista de la “pluriculturalidad” inhiesta en la única Constitución política del Estado que tenemos hasta el momento (esto último por fortuna), hablar de “complementariedades” y “comparaciones” en castellano, cuando ni siquiera los que lo tenemos como lengua materna entendemos lo que pretende decir el referido alto funcionario del Poder Ejecutivo, imaginemos lo que no entenderán los mal llamados “originarios” que tienen el castellano como lengua secundaria y hasta, por lo que se escucha (si entendemos bien) ¡odiosa!
Cuando inmediatamente pregunté a los seguidores “originarios” si entendían o qué entendían con eso de la “complementariedad de los procesos más allá de la comparación”, escuché una respuesta que sí rebasaba originalidad y profundo sentimiento y hasta genialidad. Se me dijo que eso estaba dirigido a los opositores del Gobierno y “a los gringos”, y que no era necesario que ella, la persona de la respuesta, entendiese discurso alguno (una señora paceña de unos cincuenta años de edad, según ella seguidora del Gobierno actual).
La señora comentó que sus abuelos y padres nunca entendieron los discursos de los políticos bolivianos, ni menos lo que hacían. Pero que sí confiaba en lo que decía el orador del Gobierno actual. “Por lo menos estos saben dónde van, y yo quiero ir con ellos, por eso los apoyo y creo lo que dicen”. Luego preguntó dirigiéndose a mí: “Y usted entendió lo que dijo”. No, no entendí, le dije. “Bueno, estamos iguales…”
Fueron precisamente estas últimas palabras de la señora paceña que me motivaron a escribir estas líneas.

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