La literatura y la pintura en simbiosis intuitiva

La literatura y la pintura en simbiosis intuitiva
Por Jorge V. Ordenes L.
Los humanos nos empeñamos en hacer ciencia, o sea clasificación, delimitación e incluso definición, de todo lo que creemos que observamos, sentimos y hasta consentimos; de lo que aprendemos, pretendemos y hasta añoramos, lo que desde el punto de vista artístico continúa siendo una búsqueda tan justificable y trascendental como cuando Platón postuló la verdadera realidad de los entes abstractos con los universales. Sin embargo, como acota Alfonso Reyes, “el artista viene a ser el caricaturista del dato naturalista por inexistente”. Y de esa inexistencia que viene a ser sinónimo de libre albedrío, los artistas se convierten en siluetistas del instante que observan o, mejor, que intuyen para luego obsequiarle alma estética y contorno. Gestan siluetas de realidad que como signos se amalgaman y hasta se multiplican en el ente receptor o lector de una manera distinta en cada uno, dependiendo de la sensibilidad de éste, de su punto de vista, de su salud y del momento o los momentos en que capta lo inexistente por lo intuido y hasta inventado. Las ideas emergen como jeroglíficos, como abstracciones que comienzan a ponerse de pie, a equilibrarse para entonces galopar y fecundar una o varias musas en las praderas de la inspiración. De allí que se pueda leer un cuadro y se pueda mirar lo escrito luego de leerlo, sobre todo si se está trabajando artísticamente. He ahí la virtud e incluso magia simbiótica del arte.
Del afán aristotélico de clasificar para dizque entender, o sentir “a fondo” mejor dicho, emerge el afán de clasificar el arte en musas que se conocen clásicamente como literatura, pintura, escultura, arquitectura, etcétera y, por extensión, proceder al encasillamiento de la literatura en géneros de poesía, novela, cuento, etc. cuando la literatura y la pintura, y las otras “musas” pertenecen sobre todo al orbe filosófico de la estética y como tales perviven y pervivirán en un gerundio constante que para los efectos de este ejercicio comparativo de pintura y escritura podemos llamar, o nos atrevemos a llamar, un comparando que nos conducirá atados por los mares de Ulises, y nos desembarcará en el puerto del empeño que vital y didácticamente nos motivó a hacer este ejercicio comparativo, por otra parte tan justificable como estimulante, sobre todo desde el punto de vista didascálico.
José Ortega y Gasset en su afamado ensayo La deshumanización del arte se refiere a la música nueva, la nueva pintura, la nueva poesía, el nuevo teatro para decir: “es, en verdad, sorprendente y misteriosa la compacta solidaridad consigo misma que cada época histórica mantiene en todas sus manifestaciones”. O sea que las contorciones rebeldes y cautivantes de la poesía de una época se extienden a otros géneros literarios coetáneos y desde luego a la pintura, y a otras artes, para de una forma u otra perdurar ad vitam aeternam en el atolladero volitivo que garbea en este caso la primera década del siglo XXI.
La revolución de las telecomunicaciones y la consecuente evolución de las preocupaciones, sobre todo como resultado de la transmisión instantánea de la noticia, emboscan cada día más la propensión a la intuición, ésta a menudo aritmética, del humano y sus vicisitudes. El optimismo relampaguea en tanto que el pesimismo anonada pero educa. El artista los bisecta una y mil veces con el bisturí de la expresión en pos del acertijo estético que sólo el misterio acomoda. De todo esto y más, mucho más, vigorizado por el lector de estas líneas, trata este ejercicio de simbiosis de la literatura y la pintura. Ubiquémonos.
Recordemos que el manifiesto futurista de 1909 del italiano Filippo Marinetti cerró las puertas del romanticismo, del realismo, del parnasianismo, del simbolismo y el descendiente de éstos que fue el modernismo, que en su momento en Uruguay se representó con un cisne al que hubo que “retorcer el cuello”. Un resultado del futurismo en literatura fue el formalismo ruso iniciado entre otros por el Círculo Lingüístico de Moscú en 1916, que elevó la teoría literaria a la categoría de ciencia, y que dio comienzo a la obsesión de desmenuzar significados, a estructurarlos hasta conseguir otros significados que con el tiempo alcanzaron el absurdo y la obstinación estructuralista que llevó hasta la obsesión de, por ejemplo, la deconstrucción y reconstrucción atrevida de lo hecho.
Al mismo tiempo se dio paso a la subjetividad, al orbe de la conciencia y de la subconsciencia, a la intuición desbocada que a su vez tornaron el arte en dechados de realismo neoplatónico a manera de vía de los ultraísmos de vanguardia, desbocados, escandalosos, nihilistas y polémicos, desde el creacionismo de Huidobro, el surrealismos de Pablo Neruda, el estridentismo de Maples Arce, el movimiento “de Avance” en Cuba, el nadaísmo de Colombia, los artistas de la calle Florida y la calle Boedo, y muchos más rabiosos descontentos que incluso hoy se adentraban cada vez más en los intersticios de la abstracción tan elocuentemente representados en los trabajos de los pintores bolivianos… y sus lectores por escrito. La simbiosis entre unos y otros tiene al arte como dolor, como medio, como idioma y como horizonte. La aventura es llegar al alma del objeto con el afán de domarlo aun cuando sea por un instante a fin de redimirlo en un rasgo de lienzo, en una frase.
¿Qué es el arte? se preguntaba Benedetto Croce en 1913 para responder sugerentemente “con una broma que no es completamente necia, que el arte es aquello que todos saben lo que es”. En algún momento a cada uno nos ha gustado un cuadro, un escrito, un arpegio, un lo que sea. Eso es el arte. http://www.eforobolivia.org

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