Buen teatro en Santa Cruz

Buen teatro en Santa Cruz
Por Jorge V. Ordenes L.
El crítico inglés Kenneth Tynan decía en su Tynan por aquí y por allá (1967) que la crítica de un drama de teatro era la descripción de la forma en que el conocimiento y la conciencia eran alterados durante una noche de teatro, en este caso el buen melodrama premiado Justo en lo mejor de mi vida de la lograda dramaturga argentina Alicia Muños.
Esta obra publicada en 2004 trata de un muerto que existencialmente regresa a su casa donde su esposa, su hija joven y luego su hermano “lloran” su muerte, hecho que contrasta unamunesca y pirandellianamente con el muerto que puede desplazarse, ver y escuchar a los deudos dolientes pero no puede dirigirles la palabra porque no lo ven ni lo escuchan pese a su frecuente vociferación.
Como observador de butaca uno recuerda el drama Todo en su lugar del siciliano Pirandello donde el personaje, una mujer, como el muerto de Justo en lo mejor de mi vida, se da cuenta, espantada, de que su cónyuge la ha engañado. A esto se añade que en la obra de Muñoz, el muerto se percata de que su joven hija está embarazada (mala nueva), y que su hermano tuvo algo amoroso que ver con su esposa (pésima noticia).
Pero del “teatro del espejo” de Pirandello al drama de Alicia Muñoz hay un descenso de intensidad, de dramatismo, que se salva en un afortunado y nutrido equilibrio de humor y tragedia donde la principal protagonista de fondo es la conciencia de los protagonistas que pronto se asocia con el sentir del público para convertirse éste en parte del drama sobre todo porque los personajes se sinceran en voz alta, solos o ante otros personaje, o por implicación tácita.
Lo inefable y al mismo tiempo bonancible del “más allá”, sobre todo para el creyente en la existencia de Dios, toman un carácter de obviedad esperanzadora; en tanto que para el menos creyente la cuestión se existencializa sobre todo si recordamos el drama El Otro de Miguel de Unamuno en el que el meollo dramático radica en la indiscernibilidad de la situación del hombre ante lo enigmático de la muerte. En Muñoz el espectador siente como trillada la problemática social de la obra (la infidelidad, el embarazo, etc.) muy aludida en el teatro de siempre. Pero trillada o no esa problemática existe y se manifiesta universalmente y quizá nunca deje de existir.
La imposibilidad del muerto de regresar a la vida “ni por diez minutos”, para esclarecer razones y concretar posibles arrepentimientos, hace posible las confesiones de los personajes vivos que entre giros de humor e irreverencia moral matizan la obra al punto de que si se diese como narrativa yo creo que no alcanzaría el efecto de drama que logra en el teatro. El otro muerto me parece el personaje menos categórico de la obra porque da la sensación de estar de asueto del Paraíso en vez de significar el limbo bíblico. Su intento de actuar de conciencia del muerto se diluye en un humor que confunde. Quizá sea un problema de interpretación, de dirección mejor dicho
Si vamos a hacer una crítica edificante (siempre espinosa en Bolivia) de la obra puesta en escena por Casateatro podríamos empezar diciendo que al muerto faltó la expresión categórica de espanto (por unos instantes), más que de sorpresa, por la infidelidad de la esposa, la inmoralidad del hermano, el embarazo de la hija y sobre todo por la imposibilidad de poder retornar a la vida negada por el otro muerto que hace de estafeta de la inefabilidad del fin de la vida (personaje que más pareció deleitarse con la negación), elemento dramático que aunque desapercibido, viene a ser el meollo de la disposición interna, de la contextura, de la ligazón vertebral de la obra de Muñoz.
La nota de frustración tal vez debió ser más pronunciada y sostenida. Y acaso también cada noticia debió haber exhibido una expresión diferenciada de espanto y dolor quizá matizada con juegos de luches y sonidos, filigrana de énfasis que por otra parte más pertenece al ámbito del Director que al del actor que por otro lado llevó natural y bien la representación del guitarrista muerto. La contribución humorística cruceña del papel representado por Calos Valverde enriqueció la escena. Jorge Urquidi hizo lo que pudo con un ente ambiguo pero muy importante, y Arturo Lora me pareció demasiado fino para el papel de hermano inmoral del fallecido.
El cuanto a la puesta de la obra en escena en Casateatro, institución nacional dirigida con tesón admirable durante veintiún años por René Hohenstein, y asistido esta vez por la actriz Gloria Fernández, salió bien. Sobre todo la actuación de Cindy Ruiz que hizo de viuda, y Sandra Elías que hizo de hija. El Jefe técnico Guido Álvarez hizo un buen trabajo porque se lo notó poco. El pincelazo musical de Alma Cruceña de Jorge Luna salió óptimo porque se evitó un tema extranjero. En síntesis, la obra se salva por la seriedad del esfuerzo del elenco y la dirección, y no tanto en la apreciación del público boliviano tan limitada todavía. . http://www.eforobolivia.org

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