Una revolución contra “el cambio”

Una revolución contra “el cambio”
Por Jorge V. Ordenes L.
El 17 de noviembre el presidente de Checoslovaquia, Vaclav Klaus, y el primer ministro Jan Fischer, celebraban con multitudes los veinte años de la salida pacífica y por agotamiento del régimen comunista de Checoslovaquia. Por otro lado y también en este momento, el estudiante de filosofía, Lukas Toth, que tenía tres años de edad en 1989, comentaba al New York Times que “durante la era comunista la gente aprendió a permanecer sentada en sus manos sin hacer nada, y esto está costando cambiar incluso hoy,” lo que en este momento de crisis globalizada tiene un costo social que de no ser por la ingente ayuda de los otros países de la Unión Europea, y del Fondo Monetario en algunos países, se alargaría décadas. Celebración del pasado y visión de futuro que representan pareceres que todavía cuesta conciliar. Cosa que debieron tomar en cuenta los líderes de Cuba, y hoy los de Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela. Dejar a los hijos sicologías y hasta siquiatrías distorsionadas es un error.

En 1948 y cuando la Unión Soviética se hacía cargo a la fuerza de los países de la Europa del Este incluyendo Checoslovaquia, lo que más se ofreció bombásticamente y por décadas fue “el cambio” hacia una sociedad dizque proletaria, igualitaria, participativa, incluyente, justa y productiva que, dirigida por el centralismo del Kremlin y sus turiferarios locales, daría por tierra con todo lo que fuese capitalismo incluyendo disidencias políticas de cualquier índole para lo cual se aprontaron cárceles, campos de concentración y hospitales siquiátricos que lidiarían prontamente con cualquier vestigio de oposición política a lo que luego fue una dictadura que del proletariado sólo tendría el nombre. A los checoslovacos se dijo que se callasen y que el régimen se encargaría de su bienestar. Aquellos adelantaron que el mandato sería acatado siempre y cuando no se los maltratara.

El tácito arreglo “de caballeros”, pero no “entre caballeros”, se desbarató cuando días antes del 17 de noviembre de 1989 la prensa dio a conocer la cruel muerte de un estudiante nada menos que en manos de la policía comunista. Esto enardeció al pueblo que se rebeló, insistió y persistió en sus múltiples manifestaciones contra el régimen que resultaron en el triunfo de lo que en Checoslovaquia se vino a llamar la Revolución Terciopelo.

Pero por qué lo de “Revolución Terciopelo”. Principalmente porque en noviembre de 1989 como mes cumbre de docenas de manifestaciones pacíficas contra el régimen comunista, el anuncio de la muerte brutal del estudiante de matemáticas, Martin Smid, de diez y nueve años de edad, fue en realidad la fabricación de un periodista (al mejor estilo comunista) que con premeditación, pertinencia y ventaja buscó anunciar la ruptura del Pacto de Caballeros por parte del régimen lo que consiguió en forma categórica, al punto de que el pueblo buscó, pidió y logró dar por tierra con el régimen, sin violencia, lo que dio lugar a la crisis de Gobierno y la apertura de las cárceles de las que salió el líder disidente y literato, Vaclav Havel, que pronto sería elegido presidente del país esta vez por elección democrática abierta y en serio. Havel en su momento había proclamado que “la verdad y el amor debían triunfar contra la mentira y el odio”.

Por otro lado el Kremlin y su estadía de sesenta y dos años en la vida, milagros y billetera
del pueblo ruso y de otros pueblos, también se hundía en un mar de incompetencia, inoperancia e intolerancia políticas. El prometido “cambio” o “cambios” de 1917 ni siquiera ideológicamente sobrevivirían, lo que en 1989 dio paso a un desaforo anticomunista que dura hasta hoy y sobre al que el capitalismo está echando bases cada vez más fuertes aunque la cobertura social propende a salirle al paso en pos de una verdadera y sostenible justicia que quizá mejor se defina y entienda en función a los parámetros políticos de la social democracia.

Lo que ha quedado desde 1989, y pese a la crisis financiera que en 2009 también golpea a la República Checa y a Eslovaquia, es que hoy el ochenta y seis por ciento de las poblaciones checa y eslovaca no quiere saber de ninguna izquierda comunista, y que los dirigentes checos acaban de firmar el acuerdo de formación de una Unión Europea más sólida y conducente a una presidencia de la Unión, entre otras cosas. Havel comentaba recientemente que ese catorce por ciento se puede comparar al preso que sale de la cárcel después de una condena de veinte años. En la cárcel el fulano no tenía que decidir nada porque todo lo decidían otros. Al verse sin esos “otros”, y libre, el primer impulso es querer volver a la cárcel.

Hacía diez días que había caído el Muro de Berlín y lo “aterciopelado” de los acontecimientos de Checoslovaquia hizo que los comunistas salieran del poder casi sin hacer maletas. Cayeron por su propio peso, por sus desacatos y por su conciencia irreconciliable con los movimientos sociales que pedían libertad, y que, claro, consiguieron.

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