La adversidad en la novelística de Alcides Arguedas, vívida y vigente

enero 28, 2011

La adversidad en la novelística de Alcides Arguedas, vívida y vigente
por Jorge V. Ordenes L.
La narrativa del pensador boliviano Alcides Arguedas Díaz viene a ser un llamado al orden y a la legalidad, sobre todo con respecto al Artículo 7 de la Constitución Política del Estado, que, entre otras cosas, estipula el derecho a una remuneración justa por el trabajo realizado. Las novelas de Arguedas son también un pedido simbólico a los bolivianos a dejar de jugar a tener un país, y un postulado doloroso de edificación de Bolivia lanzado desde un positivismo social crítico en boga en América durante las primeras décadas del siglo veinte.
En muchos sentidos, la obra de Arguedas es un llamado vigente, ahora en los años enfilados al dos mil y lustros. Es vigente porque el campesino todavía está sumido en el atraso, sufre el peor índice de mortalidad infantil del continente, y sus hijas continúan llenando las mal pagadas vacantes de puestos de servidumbre en las ciudades, contribuyendo así a que la clase urbana pobre crezca. La clase urbana menos pobre en su conjunto exhibe poca capacidad de despegue moral, en un statu quo repleto de gente presupuestívora que ejerce su oficio en un medio carente de un poder judicial que haga respetar el contrato y la propiedad, amén de otros derechos constitucionales; mientras los ricos bolivianos saborean su condición de primermundistas en nuestro tercer mundo: “Lo cierto es que Arguedas hacía blanco de sus ataques a poderosos intereses creados”.1
Arguedas nace en La Paz, el 16 de julio de 1879, época en que la hija predilecta de Simón Bolívar sangra debido a su incapacidad de mantenerse territorialmente íntegra. Arguedas es corresponsal de El Comercio en 1898; se gradúa de abogado en 1903; viaja a Francia y Suiza en 1904; se casa con Laura Tapia y viaja nuevamente a París como segundo secretario de la legación de Bolivia en 1910; luego de un tiempo en Buenos Aires, renuncia a la diplomacia en 1913; es elegido diputado nacional por el partido liberal en 1916; es suspendido por la misma cámara en 1918; es delegado de Bolivia en la firma del Tratado de Versalles y concurre a la iniciación de la Liga de las Naciones en 1918; se lo nombra cónsul general en París en 1922, y en el barco que lo lleva a Europa conoce a Gabriela Mistral; adquiere una casa-quinta en Couilly Seine sur Marne, muy cerca a París, en 1924; una encuesta lo declara el autor más leído de Bolivia en 1927; es nombrado ministro en Colombia

1 Raimundo Lazo, La novela andina (México: Ed. Porrúa, S.A., 1971), p. 28.

pero se lo suspende por sus críticas al presidente Hernando Siles, en 1929; es nombrado cónsul general en París en 1930, de donde regresa cuatro años más tarde; el 19 de noviembre de 1935 muere su esposa; Arguedas es víctima de una desafortunada agresión por parte del entonces presidente de la república, Germán Bush, en 1938; es elegido jefe del partido liberal y sale senador por La Paz, y luego se lo nombra ministro de agricultura, en 1940; es nombrado ministro de Bolivia en Venezuela en 1941; regresa a Bolivia y viaja a Buenos Aires por razones de salud en 1944; muere en Chulumani el 6 de mayo de 1946, unos meses antes de que se hiciera pender de un farol de la Plaza Murillo de la ciudad de La Paz, al presidente de la República.2
A fin de situar la contribución de Arguedas a la literatura en torno al indio y su condición histórico-socio-política, cabe decir que la literatura indianista, predecesora de la indigenista, “parece haberse iniciado en Cuba como protesta contra la esclavitud con Francisco, de Anselmo Suárez”3, escrita hacia 1838 y publicada en 1888. Gertrudiz Gómez de Avellaneda, en su novela Guatimozín (1846) establece la utilización romántica del tema, aunque la evocación del México de Moctezuma es exótica. Parece que el punto de partida del tema indianista con fondo sociológico se da en la novela poemática Cumandá (1871), del ecuatoriano Juan León de Mera, donde el recurso del alzamiento indígena, si bien venía germinándose desde la rebelión de Enriquillo, no se había manifestado con el encono de los jíbaros de Cumandá. De corte social es la novela Aves sin nido (1889), de la prosista peruana Clorinda Matto de Turner. Sin dejar de ser romántica, esta novela señala la transición hacia la novela indigenista propiamente dicha que se escribió después de 1890. En Bolivia, cabe destacar el notable y pionero ensayo de reclamo sociológico en favor del indio del Oriente boliviano: Informe que eleva al ministerio de guerra el delegado nacional en el Territorio de Colonias, Rodolfo Araúz, publicado en La Paz en 1912. En este reclamo Araúz presenta, en estilo literario, una serie de proyectos para mejorar la condición del indio boliviano. Todos ellos influenciaron la novela Raza de bronce (1919), que inicia la novela indigenista de contenido socio-político de América y precede lo que vino a llamarse la novela de compromiso de los años 1970:

2 Parte de la información de este párrafo la ofrece Mariano Baptista Gumucio en Alcides Arguedas, compilación de artículos sobre Arguedas de varios autores, La Paz: Ed. Los Amigos del Libro, 1979), pp. 10-15.
3 Fernando Alegría, Breve historia de la novela hispanoamericana, (México: Ed. de An-drea, 1965), p. 81.

Arguedas se mostró “enérgico determinante de la cruda vivacidad de su obra poligráfica, de ensayista, historiador, periodista y valioso narrador imaginativo”.4
A través de su narrativa, y también de su obra ensayística, Arguedas aparece azarosamente solitario, mesiánico, itinerante; predicando su visión de testigo de un período brutal y fatídico en la historia del país. Hombre enamorado de las letras, se educó y autocultivó; afán que lo condujo a estudiar la historia de Bolivia; a calar, catar y tasar el pensar y el proceder del boliviano. Optó por el punto de vista de su época: positivista, sociológico, moralizante; y habló y escribió, hasta de razas, sobre todo en su ensayo Pueblo enfermo (1909). Era la época de Wilhelm Schafer, Hipólito Taine, Gustavo Le Bon, Ramiro de Maeztu, Carlos Octavio Bunge, César Zumeta, José Ingenieros, Macías Picavea, Ángel Ganivet y otros científicos de la sociología. Sus novelas Pisagua (1903), Vida criolla (1912), y Raza de bronce (1919), cuyo germen fue Wata wara (1904), también se dan desde el punto de vista sociológico. Tres novelas que cumplen, quizá mejor que Pueblo enfermo, por su realismo naturalista y cadencia estética, la tarea de contextualización de una crítica que, a manera de cruzada, se autoasigna Arguedas.
Aparte del relato realista, la protesta en las novelas de Arguedas se da por medio de la contextualización de símbolos cromáticos, sinestésicos, impresionistas, expresionistas y hasta esperpénticos. El repetido paisaje gris y nublado, las tormentas vallunas, los perros raquíticos, las aguas sedientas de sangre, el lodo, la flora y fauna hostiles, el hombre y sus creencias, son símbolos realista-naturalistas de una circunstancia difícil, boliviana, que duele al autor; son paradigmas fenoménicos de la enfermedad que aqueja al país. Enfermedad causada por los bolivianos y sus manías que Arguedas expone. Su deseo es plantearla, iluminarla, de modo que, al vislumbrarla, el mismo boliviano indio y no-indio procure tomarla en serio para erradicarla en bien de todos. Su didascalia da cuenta de la barbarie en busca de la civilización. Para Arguedas civilizar es identificar, aislar y plantear el desvalora destacar los valores, transar, acordar, edificar con entendimiento, sentido de propósito y equidad. Su planteo, en mi opinión, es edificante, y, en muchos sentidos, repito, vigente. “El tono sombrío y negativo de la crítica de Arguedas, ambos muy exacerbados, le han valido la acusación injusta de antipatriótico, cuando en verdad lo que tiene es un pesimismo que nace de su honda y dolorosa

4 La novela andina, p. 28.

preocupación por la enfermedad que cree haber descubierto en su pueblo”.5
No es malo el boliviano, diría Arguedas: mala es su actitud “cholesca” (o sea actitud destructiva por sus dosis de envidia, malicia, incumplimiento e ignorancia), fruto de una sicología acomplejada que cunde tanto en el “blanco” como en el mestizo y el indio. Pero vamos por partes.
Para efectos de este trabajo y analizando las novelas Pisagua, Vida criolla y Raza de bronce he estructurado la contextualización según (a) el medio rural, (b) el medio urbano; en el contexto del hombre boliviano: (c) el indio andino, (d) el no-indio); y en el contexto sicológico; (e) el indio andino; y (f) el no-indio).

(a) El medio rural
Arguedas contextualiza la condición de víctima del indio boliviano. El “tata” viene a ser, el hombre “blanco” o el mestizo explotador, hacendado, opresor y detentador del poder político y social del país. El paisaje gris y triste, las características amedrentadoras de la topografía del Altiplano y aledaños, los ríos, el mar, la fauna, la flora, connotan esa desigual e injusta pugna entre hombres, ahora bolivianos, desorientados por su interesada -y éticamente desvirtuada- interpretación de la historia. Así, Arguedas, sabiendo que al desvirtuar la historia se altera el presente y se perjudica el porvenir, ensombrece a sabiendas el fondo telúrico, el medio ambiente de su novelística, en busca de la contextualización de su crítica del boliviano. Raza de bronce empieza así:
El rojo dominaba en el paisaje. Fulgía el lago como un ascua a los reflejos del sol muriente. Y, tintas en rosa, se destacaban las nevadas crestas de la cordillera por detrás de los cerros grises que enmarcan al Titicaca poniendo blanco festón a su cima angulosa y resquebrada donde se deshacían los restos de nieve que recientes tormentas acumularon en sus oquedades.6
El color rojo, el “sol muriente”, las “tintas en rosa”, los “cerros grises”, los “restos de nieve” denotan la tónica esencialmente pesimista, triste y frustrada de Arguedas. El lector capta la insinuación estética estructurada

5 Robert G. Mead Jr. Breve historia del ensayo hispanoamericano (México: Ed. De An-drea, 1956), p. 89.
6 Alcides Arguedas, Raza de bronce (Buenos Aires: Ed. Losada, S.A., 1957), p. 9.

en un afán sociológico: el rojo significa sangre, sufrimiento, adversidad; el gris denota senectud, desuso, decadencia; el blanco de la nieve representa la magnitud del escenario de la Cordillera de los Andes. Luego la escena se enriquece súbitamente con el ingreso de la señora india Wata Wara -cuyo rostro se muestra “requemado por el frío” y por “el cortante aire de la sierra”.
¿Podríamos argüir que el ambiente arguediano se muestra adverso al indio? En primera instancia diríamos que no, ya que el indio y el altiplano, la sierra, se identifican desde hace siglos, sobre todo antes de la Conquista europea. En segunda instancia debemos decir que sí porque en esa circunstancia geográfica el indio cuenta con pocos recursos o, mejor dicho, se le limitan los recursos que posibiliten su reivindicación. De ahí que Arguedas insista en un clima hostil y adverso a las necesidades y aspiraciones de superación y dignidad del autóctono. Otros autores bolivianos, alejándose de Arguedas, aluden a lo hostil, pero sin descartar el encanto del Altiplano. A manera de comparación veamos lo siguiente del escritor boliviano Jaime Mendoza:
Es la tristeza hecha tierra, imagen que, a manera de una definición gráfica de la gran meseta, ha sido repetida por otros escritores, … La nota grave, serena, monótona y triste es la que, en efecto, predomina en el paisaje altiplánico; y sin embargo, dentro de ella misma, ¡cuántos matices henchidos de atracción y profundo encanto! 7
Mendoza describe la tristeza como consustancializada con la tierra, aunque esa tristeza-tierra se eleve sentimentalmente en virtud a la adjetivación de encanto -lo que denota una voluntad menos entristecida y entristeciente que la de Arguedas. Esa alusión al encanto está ausente en Alcides Arguedas, ya que su intención es asociar la melancolía del paisaje con las condiciones adversas en que se desvive el indio:
El lago, desde esa altura, parecía una enorme brasa viva. En medio de la hoguera saltaban las islas como manchas negras, y en el estrecho de Tiquina, encajonado al fondo entre dos cerros fingían muros de un negro azulado, daba la impresión de un río de fuego viniendo a alimentar el ardiente caudal de la encendida

7 Jaime Mendoza, El macizo boliviano (La Paz, Bolivia: Ministerio de Educación y Be-llas Artes, 1957), p. 33.

linfa. La llanura escueta de árboles, desnuda, alargábase negra y gris en su totalidad. Un silencio envolvía la extensión y diríase muerto el paisaje, si de vez en cuando no se oyese a lo lejos el medroso sollozar de la quena de un pastor.8
Descontando el afán preciosista de Arguedas, propio de su época en otros novelistas como Manuel Díaz Rodríguez, Carlos Reyles, Enrique Larreta, Rafael Arévalo Martínez, Augusto D’Halmar, Pedro Prado, Ángel Estrada, Enrique Gómez Carrillo y otros, observamos su preferencia por el color rojo, por su asociación con lo atemperado; en contraste con lo característicamente frío de la región geográfica que describe. “Diríase muerto el paisaje”, aunque más bien ese paisaje se reivindica en lo estético y arrullador del “sollozo de la quena de un pastor”, Tierra ingrata y pastor se confunden en una posibilidad ecléctica que habilita el camino a la acción civilizadora, a la posible reivindicación. Tal conjunción se torna menos preciosista, y más sociológicamente militante en pos del cambio en la novelística posterior a la de Arguedas —y en función a su contribución pionera. Así, a manera de comparación, en Aluvión de fuego:
El altiplano de lomo hirsuto, que peinan chúcaros vientos de la cordillera, se mostraba encendido por ese sol de vidrio de las mañanas. Melodía de charangos y de ponchos en que se perciben infinitos resplandores musicales, que son como un cabrilleo electrizado y lunar que produce el contrapelo de los jaguares.9
Aluvión de fuego fue escrita cuando el cruce de corrientes narrativas regionalistas, esteticistas y aún súper-regionalistas era un hecho en la novelística hispanoamericana junto al planteo social, político y económico de los países. En la novelística de Arguedas, el agua, por ejemplo, en sus diferentes manifestaciones, comparte el contexto con el fondo de tierra para dotarlo de fuerza, voracidad y hasta patetismo. El mar, en constante diálogo con las canteras de Pisagua, se niega a permanecer boliviano:
Eran las doce del día. Un sol quemante y asfixiados caía a plomo sobre la cabeza de los combatientes que doblegados, rendidos por el cansancio, aún peleaban… El mar, tranquilo hasta entonces, comenzaba a irritarse dando golpes sobre las rocas

8 Raza de bronce, p. 10.
9 Oscar Cerruto, Aluvión de fuego (Santiago de Chile: Ed. Ercilla, 1935), p. 31.
donde estaban encubiertos los bolivianos, que diezmados…10

El mar no quiso ser boliviano. El cansancio de Bolivia era histórico. La incompetencia castrense de algunos militares bolivianos se manifestaba desde entonces. Las traiciones de civiles y militares aparecieron. La mayor parte de los sectores civiles tampoco descollaron en la defensa del Litoral, excepto en Calama, con los civiles Eduardo Abaroa, y otros. La mayor parte estaban enfrascados en luchas internas que tenían como escenario el medio rural y urbano, con secuelas de pugnas y violencias hasta entrado el siglo veinte. El indio llevó la peor parte. Los cuatro indios viajeros, de la primera parte de Raza de bronce, lo significan: cumplir con el mandato del terrateniente, pese a todo, para lograr sobrevivir en terrible adversidad: “Hay una profunda actitud revolucionaria en el esquema general de Raza de bronce. La descripción telúrica corresponde al paisaje social, en lo político”.11 El campesino oprimido se ve obligado a proteger los intereses del hacendado opresor de apellido Pantoja:
Llegó la noche. Una noche obscura, perfumada y fría. Los viajeros descargaron las bestias… tendieron mantas… y a poco se elevaron los ronquidos fuertes y nada acompasados. Despertaron a eso de media noche, tiritando de frío. Una obscuridad profunda e impenetrable rodeaba todo y se oía caer con fuerza el ruido de una lluvia torrencial. Despertaron mojados, y se dieron prisa en colocar la carga bajo el alar del techo, del que caían hilos de agua tibia.12
Lo mismo expuso, a su modo, en su momento, sobre el medio puneño, el novelista ecuatoriano Jorge Icaza, sobre todo en su novela Huasipungo (1934). Y sobre un medio tropical, lo hace también el novelista colombiano José Eustasio Rivera, en su novela La vorágine (1924). Icaza escribe así:
Anochecía en las montañas cuando los indios,… llegaban desfallecidos y chorreando agua por las esquinas de los ponchos al galpón donde pasaban la noche. La lluvia que arrecia por

10 Alcides Arguedas, Obras Completas, Pisagua (La Paz, Bolivia: Ed. Aguilar, 1959), Tomo 1, p. 81.
11 Porfirio Díaz Machicao, El ateneo de los muertos (La Paz, Bolivia: Ed. Buriball, 1956), p. 24.
12 Raza de bronce, p. 26.

momentos, el croar de las ranas, el viento que silba en el chuzón desvencijado y el silencio de los peones que se van acurrucando uno a uno por los rincones de la estancia hace más angustiosa la hora…13
Los indios de Arguedas, camino del Altiplano a los valles, rememoran adversidades en primera persona, atildando el mensaje de protesta:
Entre tanto, el ruido del río crecía más y más. Era como si cajones enteros de cohetes reventasen en el espacio… De repente me pareció sentir que el agua entre mis pies tomaba mayor violencia e iba aumentando de caudal. Al mismo tiempo hacia la playa sentía ruidos intermitentes y poderosos… ¡Conocía de sobra ese ruido! Una vez que se le oye, ya no se le confunde más con ningún otro…se nos venía encima la mazamorra… Al amanecer no quedaba casi nada del pueblo.14
Los poblados son mayormente de indios, y cuando se produce el desastre, son ellos los que mueren y no los hacendados que viven en las ciudades. La injusticia rinde su veredicto en medio de toneladas de lodo e infortunio.
El río es traicionero, veleidoso e implacable, hoy corre por aquí, socava el terreno y lo derrumba. En vano se ponen muros a su veloz corriente; ¡Oh, ellos bien conocían el río Toda su vida no era sino una constante lucha contra él. Lucha tenaz, porfiada, perenne, eterna ¡Pero él siempre triunfante, siempre desbastador, siempre terrible!15
Al intentar salvar una acémila que había caído en la corriente se ahoga el indio Manuno quien, “ciego ante el peligro, dejó la recua y se lanzó corriente adentro, en auxilio de su bestia… llegó un aullido horrendo que nada tenía de humano”.16
A manera de comparación, veamos cómo el novelista colombiano José Eustasio Rivera describe una muerte similar, también en son de protesta

13 Jorge ¡caza, Huasipungo (Buenos Aires: Ed. Lautaro S.R.L., 1948), p. 29.
14 Raza de bronce, p. 28.
15 Raza de bronce, pp. 37-38.
16 Raza de bronce, pp. 39-40.

social:
…el embudo trágico [de una cascada] los sorbió a todos. Los sombreros de dos náufragos quedaron girando en el remolino… El espectáculo fue magnífico. La muerte había escogido una muerte nueva contra sus víctimas, y eran de agradecerle que nos devorara sin verter sangre, sin dar a los cadáveres licores repulsivos”.17
Por algo se clasifica a Eustasio Rivera entre los escritores súperregionalistas de Hispanoamérica. Hay que tener un tipo de naturaleza muy patético -o por lo menos detallarlo patéticamente- para expresar regocijo por un tipo de muerte, el que sea, en primera persona. La naturaleza, o sea la adversidad de Arguedas se muestra menos voraz que la del colombiano ya que, luego, por ejemplo, el cadáver de Manuno dará en una orilla de donde será recogido por sus compañeros. En Rivera, como en Arguedas, existe el énfasis de presentar un medio sediento de vidas humanas; aunque en el colombiano ese énfasis se muestra más pronunciado, sardónico, expresionista-naturalista y de ancha brocha don-de cabe hasta el humor. Arguedas busca desplazarse del contexto de lucha contra la naturaleza hacia una protesta revolucionaria. A Rivera interesa el infierno verde en que actúan sus personajes, aunque retiene su enfoque de la situación humana en las caucherías del Casanare colombiano. Salvando distancias de tiempo, con Arguedas de iniciador existe una preocupación sociológica común en Arguedas, Icaza y Rivera que será recogida por la narrativa posterior incluyendo la novelística de Aluzio Azevedo, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Augusto Roa Bastos, Manuel Mejía Vallejo, Mario Vargas Llosa, entre otros. Pisagua incluye un episodio donde las aguas acopian fuerza metafórica de la adversidad boliviana. Esta vez Arguedas combina el hecho histórico con la defensa del mar boliviano. Alejandro Villarino, protagonista principal de Pisagua, encuentra su muerte -y, por lo tanto, el fracaso total, incluso amoroso- cuando las aguas del pacífico se alían a la metralla chilena para sellar simbólicamente la mediterraneidad de Bolivia. El cuadro destella por la representación de un sacrificio inútil. Arguedas seguramente diría que ni un gran número de actos de arrojo suicida, como el de Villarino, hubieran evitado la derrota de Bolivia. Cuando lo obvio era, en su momento, organizar el país para la guerra a toda costa, y a todo costo, en defensa del Litoral. No fue así, hubo traiciones como el de la “Legión Perdida”

17 Eustasio Rivera, La vorágine (México: Ed. Diana, S.A., 1958), p. 129.

comandada por Narciso Campero que inexplicablemente nunca entró en acción por más de un años, y tales hechos desalientan al autor hasta el punto de inspirar en él el siguiente cuadro patético en contenido, aunque delicadamente estético en estilo:
¡Viva Bolivia! gritó cuando éstas [las olas] imprimieron un beso amargo en sus labios, grito que fue contestado por una descarga que, interrumpiendo ese silencio augusto, levantó en su redor una lluvia de agua… se le vio agitar la bandera con un estremecimiento de muerte y enseguida desaparecer en el soberbio elemento. Las olas, al cerrarse encima de su cabeza, recogieron un grito solemne y extraño a la vez. ! Viva Bo… Sara…18
Este episodio conmueve cuando se sabe que Sara, amada de Alejandro en la novela, también tuvo que recibir el beso de él antes de morir; mientras la flora y la fauna hostiles de Arguedas nuevamente significan la intrascendencia de los pocos valores positivos que el autor observa en el hábitat de los habitantes de la llanura altiplánica.
Sobre el suelo de la llanada, duro como la piedra, no medraba ni la más pequeña hierba. Hecho de argamasa, arena, y lodo batido y rodado por muchas pendientes, su tierra no lleva la virtud germinativa, y tienen que caer sobre ella muchas lluvias y polen de flores para redescubrirse en partes con el verdor de plantas inútiles, que en su afán de vivir, serían capaces de echar raíces sobre el mismo hierro batido.19
Si al imaginarnos un indio boliviano nos hiciéramos la idea de un hombre risueño, sano, alegre a su manera, optimista, y motivado a mejorar; y si tales características hubieran sido observadas por Arguedas, ese lugar de “plantas inútiles” le hubiera inspirado una descripción quizá más bucólica, menos pesimista. Lo negativo resalta en símbolos e imágenes donde la estética quizá sea, barrocamente, la única cadencia optimista del autor paceño. La mala legislación del boliviano con poder sobre el boliviano con menos poder inquieta al autor. Por otra parte y desde el punto de vista ecológico, se adelanta más de medio siglo en enunciar la fragilidad del medio ambiente.

18 Arguedas, Pisagua, OC., I, p. 85.
19 Raza de bronce, p. 35.

…el mismo lago [Titicaca], siempre pródigo en dones, ahora se mostraba esquivo con sus riquezas de peces, aves y totoras, explotadas sin medida ni control desde tiempo inmemorial, hasta el punto de agotarse día a día por falta de una rudimentaria legislación que el raro tesoro de su fauna y flora, únicas en el mundo.20
Pero la ecología preocupa poco a Arguedas, su afán es sociológico:
Aquí [en el Altiplano] no basta prever, porque la naturaleza parece dormir y nada puede el esfuerzo del hombre ante los rigores y la inclemencia del clima. El ser que vive aquí, el indio, sólo tiene una cosa para resistir los embates del cielo: la humildad de su vida más que pobre… No le es dable forzar la tierra para obligarla a producir, porque la energía de los brazos que no puede nada contra las fuerzas implacables de los elementos o agentes naturales.21
Arguedas se desuela al notar la escasez de una actitud práctica ante la vida tan proclamada por la escuela positivista. Él contextualiza el paisaje después de catar al hombre desorientado. Busca que el hombre modele el terreno y no el terreno al hombre:
Todo allí era barrancos, desfiladeros, laderas empinadas, insondables precipicios. Por todas partes… saltaba el nevado alto, deforme, inaccesible, soberbiamente erguido en el espacio. Su presencia aterrorizaba y llenaba de angustia el ánimo de los pobres llaneros. Sentíanse vilmente empequeñecidos, impotentes, débiles. Sentían miedo de ser hombres.22
El reto de la naturaleza debe afrontarse con inteligencia y audacia si se busca doblegarlo. La barbarie comienza con el bárbaro que desconoce su barbarie al resistir el cambio. El clamor de Arguedas se nutre de la barbarie del blanco y del mestizo. El indio es más víctima, pero víctima que puede y debe reaccionar.

20 Raza de bronce, p. 101.
21 Alcides Arguedas, La danza de las sombras, OC., I, pp. 955-56.
22 Raza de bronce, p. 52.

Habiendo deslindado el fondo telúrico-ambiental en la novelística de Alcides Arguedas, como una gran metáfora del drama humano de Bolivia, queda la estructura de asociaciones entre ese fondo, y las situaciones humanas que aparecen en las novelas. Se trata a continuación del medio urbano.

b) El medio urbano
Al estudiar aspectos del fondo urbano, sobre todo de Vida criolla, debemos recalcar la función acopiadora del autor. Su mente acopia impresiones con el propósito de cambiarlas de atuendo y de perspectiva, para exhibirlas como entes significantes de la adversidad en que vive la mayor parte de los bolivianos, desde el aparapita hasta el mandamás. Arguedas viene a ser el acopiador de impresiones, sensaciones e impulsos que alcanzan temperatura crítica antes de convertirse en literatura. Así, el contexto urbano de su narrativa se plasma enfermizo.
Por Arguedas nos percatamos que allí el humano propende a realizar poco, a presenciar más que a actuar, a disfrutar ese presenciando, así como la presencia de la gente que, por otra parte, disfruta de lo mismo. Es un círculo repetitivo de nacimiento, bautismo, confirmación, casorio, procreación y senectud sin mayor pretensión. Mundillo de estulticia y ceguera social donde la envidia, el interés creado, la hipocresía, son partes de una realidad social emplazada en la inercia de la inacción.
Al autor poco interesó la posible idoneidad que ofrezcan unos cuantos individuos en contraste con el irresponsable comportamiento de los más. Su propósito fue pregonar verdades incómodas para la mayoría de los bolivianos -pese al costo social que tal le significó. Bolivia es un pueblo, el pueblo es gente y la gente forma los centros urbanos que Arguedas – en el caso del trayecto urbano y suburbano que va del Prado a Aranjuez, en La Paz, lo describe así:
Los coches, saltando por los baches y envueltos en nubes de polvo, salieron del Prado y emprendieron por la ancha y sinuosa avenida bordeada de eucaliptos y sauces llorones. Verdeaban los árboles por el primaveral retoño, poniendo alegre nota en la vasta aglomeración de cerros grises y resquebrajados que cierran el valle por los costados, dejando al fondo ancha vía de espacio, limitada primero por las cumbres atormentadas y rojizas de Aranjuez, luego, y encima, por las cenicientas del Alto de las
Ánimas, que medio velan la perspectiva de la real cordillera, y, por fin, Illimani, cuya eviterna nieve fulgía a esa hora del medio día. A ambos lados del camino en las faldas de los pelados montes, sembradíos de patatas y maíz, en pleno brote, hacían menos ingrata la visión del yermo.23
Los “cerros grises y resquebrajados”, cumbres atormentadas y rojizas,” “faldas de los pelados montes”, “ingrata visión del yermo, de la región suburbana sur de La Paz obviamente preparan el ánimo del lector para lo que viene luego que se anticipa como poco prometedor. Y así acontece. El contexto general de Vida criolla es de desaliento. Con el mismo desaliento escribirán novelistas bolivianos como Armando Chirveches, Oscar Cerruto, y Carlos Medinaceli. Es que Bolivia es un desaliento. Chirveches, por ejemplo, amigo de Arguedas -dice en La candidatura de Rojas que se publica cuatro años después que Vida criolla:
El amanecer del día de las elecciones fue triste. … algunas calles hallábanse convertidas en lodazales y desde los tejados decrépitos, el agua se escurría por goteras interminables que bañaban a los transeúntes en plena vía pública. El cielo, de un color gris desesperante, no tenía trazas de cambiar de color;… tornaba grises hasta las montañas lejanas, envueltas por casi transparentes telones de niebla que ningún rayo de sol llegaba a descorrer.24
“Día triste”, “ciénagas”, “color gris”, “telones de niebla”, ausencia de sol” recuerdan el contexto arguediano de símbolos que reflejan una realidad humana. Chirveches, entre otros, reconoce el mérito de tal contextualización. Y así podríamos sacar citas afines de Aluvión de fuego y de La Chaskañawi. El punto que busco recalcar es que en estos narradores se destaca el quehacer de presentar-reflejando la problemática socio-política de Bolivia. De allí que existan opiniones, sin duda acertadas, sobre el mensaje pionero de Arguedas. La siguiente sería un ejemplo: “Este libro [Raza de bronce] … deja planteado un importante problema social sin dar la solución … Dio … un trozo de vida henchido de sugestión reformista y revolucionaria que, a la vuelta de treinta y cuatro años, habría de

23 Alcides Arguedas, Vida criolla, OC, l, P. 91.
24 Armando Chirveches, La candidatura de Rojas, (Buenos Aires: Ed. Universitaria de Buenos Aires, 1964), p. 116.

recogerse en el primer intento de reforma antifeudal del agro: 1953″.25
Seguramente Alcides Arguedas hubiese querido ser testigo de la implementación de la reforma agraria boliviana de 1953. Aunque más de medio siglo después del hecho todavía impera la confusión anímica en el campesino boliviano acarreado al siglo veinte con la utopía de un decreto que, sin un asidero administrativo serio e idóneo, todavía está lejos de satisfacer pese a las promesas de cambio. Concretamente, la falta de caminos, escuelas, servicios de salud y, sobre todo, la ausencia de servicio de justicia elemental -y el respectivo tinglado institucional ¡y constitucional adecuado! que la imparta- mantienen vigente, ya entrado el siglo veintiuno, en una gran medida, el contexto simbólico-político-social de las novelas de Arguedas. Por eso este estudio.
Adentrándonos algo más en el contexto urbano de la narración y su significado, el asunto del carnaval paceño, según lo describe el autor, presagiando lo que habría de escribir sobre la fiesta en su Historia general de Bolivia donde nuestro autor cita al diplomático argentino Dámaso Uriburo:
Eran, dice, los días de carnaval y entregándose había el sátrapa indígena a sus vulgares placeres, a la razón que recibiera la noticia de la ocupación militar de Antofagasta. El efecto que debía producir a Bolivia tan inesperado acontecimiento, turbar podía las fiestas, por lo que se propuso ocultarlo hasta de sus mismos favoritos y confidentes.26
El “sátrapa indígena” en este contexto viene a ser posiblemente el general Hilarión Daza, presidente de Bolivia durante los carnavales de 1879. Caudillo bárbaro lo llamó Arguedas. Al episodio total de la Guerra del Pacífico identificó como la vergüenza más grande de la historia de Bolivia. ¿Y el carnaval paceño? Arguedas lo describe así:
…señalando a los máscaras, que por grupos iban y venían rompiendo con sus gritos y cantos incoherentes, tristes y licenciosos, el pesado sopor de la urbe, cuyas calles sinuosas perdían sus líneas en la sombra. Marchaban máscaras sudorosas, fatigados, hambrientos. Cinco horas llevaban de correr la ciudad

25 Augusto Guzmán, La novela en Bolivia (La Paz: Ed. Juventud, 1955), p. 62.
26 Alcides Arguedas, Historia general de Bolivia, OC., ll, pp. 1320-21.

de un extremo a otro y eran pocas las casas donde se bailaba.27
¿Cómo no va a causar estupor el hecho de que, por repetir escenas como ésta, Bolivia, en parte, haya perdido su litoral? ¿No es motivo de amargura histórica el que la mueca carnavalesca todavía se nos ría ante el desacierto de la autoridad? La verdad es que el general Hilarión Daza debió haber iniciado la inmediata defensa del salitre, el cobre, el oro, la salida al mar, y, sobre todo, del territorio y, por lo tanto, de la dignidad de Bolivia. Arguedas, por intermedio de su personaje Carlos Ramíres, resume el sentir de entonces respecto a las celebraciones de carnaval: “¡Qué gente tan estúpida, por Dios! ¡Lo peor que a esto llaman divertirse!”28
La vida debe ser muy dura para hombres y mujeres bolivianos cuyo momento de desahogo máximo gire alrededor de unos cuantos días de carnaval. Parecería que perder el juicio, y el quicio, por unos días, en pos de un descanso, justificase el costo.
Y comenzaron a beber de las copas servidas de cerveza, sedientos, hidrópicos, con ansias, hasta con cólera. Algunos cogían dos copas y mientras consumían la ocultaban la otra bajo la capilla del dominó o detrás de la espalda. Otros más prácticos, hacían desaparecer las botellas en el amplio capuchón de las mangas.29
Mientras tanto, Pisagua, en marzo de 1879, según Arguedas, lucía así: “… ciudad triste como un cementerio y en la que, si algo se oye, es el rugido del océano que se retuerce con furor de fiera enjaulada”.30 Y en opinión precipitada de Augusto Guzmán:
La impresión madura del libro [Vida criolla) es algo fuerte y amarga. Una sociedad hipócrita y villana en una pequeña ciudad aldeana que el autor llama “urbe” y cuyas virtudes nada tienen que ver con el propósito de señalar sus vicios… El argumento se reduce a la descripción, en escenas sucesivas, de la vida que hacen en La Paz a fines del siglo anterior los jóvenes intelectuales y de

27 Vida criolla, p. 134.
28 Vida criolla, p. 134
29 Vida criolla, p. 140.
30 Pisagua, OC, I, p. 76

sociedad.31
Discrepo. Alcides Arguedas no tiene como propósito describir virtudes y vicios de la sociedad, en el sentido de que su contexto abarca lo negativo con prioridad. Ese contexto se afirma en una voluntad crítica, por momentos apasionada, porque en la Bolivia de fines de siglo diez y nueve y comienzos del veinte, el hacendado abusa al campesino, el dueño de minas abusa al minero, el patrón abusa al empleado, el gobernante abusa del gobernado en detrimento del progreso nacional. De esa gama de abusos habla Arguedas, y a ella se refiere en su contextualización. Guillermo Francovich lo corrobora:
Aunque sus investigaciones [de Arguedas] estaban consagradas a la historia y a la sociología, no era el conocimiento puro de la realidad social lo que él buscaba en ellas, sino la oportunidad para exteriorizar la protesta de su espíritu angustiado por el espectáculo que le ofrecía la vida nacional.32
También lo postula Carlos Medinaceli:
Se ha dicho que Arguedas es un pesimista. En realidad lo es. Lo es temperamentalmente. Pero su pensamiento es sano, vigorizador de la voluntad de creación y poder como el padre Zaratustra, o, más propiamente, si no queremos irnos tan alto, estimulados de la acción como los “regeneracionistas” del 98 español, Costa y Ganivet.33
A propósito de que si la sociedad descrita por Arguedas es la totalidad o una parte del ámbito urbano de La Paz, cabe citar la opinión de Fernando Díez de Medina -opinión desconcertante, por lo categórica, de un autor que nunca aceptó la crítica arguediana- que dice que las descripciones de Arguedas constituyen una “hábil pintura de la sociedad paceña al comenzar el siglo”.34 Yo diría que, en lugar de “hábil”, es una agria pintura. Y otra opinión incluso más precipitada es la de Porfirio Díaz Machicao:

31 La novela en Bolivia, p. 60.
32 Guillermo Francovich, El pensamiento boliviano del sigIo XX (México: Fondo de Cultura Económica, 1956), p. 43.
33 Carlos Medinaceli, Las inactualidades de Alcides Arguedas (La Paz-Cochabamba: “Los Amigos de Libro,” 1972), p. 45.
34 Fernando Díez de Medina, Literatura boliviana (Madrid: Ed. Aguilar, 1954), p. 277.

“Vida criolla es un resumen de las reacciones mestizas ante las urgencias sociales de la ciudad paceña, ciudad en formación”.35 Yo diría que de Bolivia y de los bolivianos, solamente hay reacciones mestizas. Las reacciones indias quizá sean el motivo de la opinión de Díaz Machicao.
Considero que la verdad es que a Arguedas “le duele Bolivia”, -como a Unamuno, por esa misma época, le dolió su España- mientras que a Díez de Medina parece que Bolivia duele muy poco, o quizá nada. A Augusto Guzmán le duele la parte mala, advirtiendo la existencia de otra parte más bien buena. A Díaz Machicao ¡duele el mestizo paceño! Bueno, que cada uno de nosotros derive su propia dosis de dolor de acuerdo a lo que duela o no duela. Lo incontrovertible es que Bolivia perdió su salida al mar; perdió el Acre y el Chaco, necesitó una revolución y muchos muertos para llegar a la reforma agraria, etc.; y todavía, en 2010, se halla reducida a ser catalogada como el país más atrasado de Suramérica, pese a las privatizaciones, reformas decentralizantes, cambios de ministerios y de ministros, entre otras cosas y reformas que prometen cambio pero que en la promesa se quedan.
Ya que estamos en esto, reconozcamos la necesidad arguediana de explicar estas medidas, en forma persuasiva y constante, al pueblo de Bolivia -que es después de todo dueño de lo que se quiere manipular, comprometer y compartir con la inversión dizque estatal. La ausencia de tales explicaciones justifica la oposición a tales medidas, o buena parte de ellas. Oposición y descontento -por no decir confusión y trajín lento- que actualmente entorpece la acción de los Órganos Ejecutivo, Legislativo, y, desde luego, el Judicial -si es que éste cuenta en Bolivia. De aquí la renovada actualidad del contexto arguediano, de su despliegue crítico, que, si bien dolió en su época y duele hoy, también ayuda a plantear una buena parte de la problemática social. Aceptémoslo con gallardía: todavía pretendemos resolver problemas sin plantearlos debidamente. Ya el significado de este “debidamente” constituye un reto en Bolivia. Sin plantear y comprender los problemas nacionales, difícilmente los resolveremos. Arguedas los comenzó a plantear como nadie lo había hecho.

C) El indio andino boliviano
Desde el punto de vista jurídico-social, la protesta contra el mal trato que se da al indio americano se remonta a principios del siglo diez y seis,

35 El ateneo de los muertos, p. 25.

cuando el padre Las Casas eleva a la conciencia y al conocimiento de las autoridades de la Corona la forma abusiva en que el europeo trata al indio. Desde Alonso de Ercilla, también en el siglo diez y seis, viene recurriendo el tema del indio, su historia y circunstancia, como fuente de inspiración literaria. Recordemos que durante el siglo diez y ocho, escritores franceses como Montaigne, Voltaire, Mamortel y otros, utilizan el tema en función y propósito, sobre todo, de la Leyenda Negra contra España: “La interpretación utópica de la vida del indígena en América antes de la conquista y la emoción de filantropía ante el indio fueron los matices esenciales de la literatura indianista en Francia hasta fines del siglo diez y ocho”.36
Esa tradición europea sostiene la tesis del llamado “buen salvaje” que de rebote da lugar a la contrapartida de “mal civilizado” o “mal conquistador”, es decir “mal español”, o sea hombre blanco malo. El hacendado boliviano descrito por Alcides Arguedas en Raza de bronce no deja de ser corroboración de la tesis de “mal hombre,” dueño de vidas y haciendas.
Aquí, como un aparte necesario, cabe recalcar que tal tesis está lejos de abarcar las grandes y nobles cosas y hechos de España en América, de los que hay infinidad. Con sólo recordar que Bartolomé de las Casas, Antonio de Montesinos, Alonso del Espinal -españoles que tuvieron que ver con la elaboración del primer código de legislación a favor de los indios, conocido como las Leyes de Burgos, promulgadas en diciembre de 1512- además de Matías de Paz, Miguel de Salamanca, Sebastián Ramírez de Fuenleal, Antonio de León Pinelo, entre tantos otros. Y en lo que vino a ser Bolivia: Luis de Rivera, Martín de Barco Centenera, Álvaro Alonso Barba, Victoriano de Villava, e incluso creo que el primer ministro de finanzas de Bolivia, Facundo Infante, eran todos españoles de nacimiento que, como muchos otros españoles de intachable trayectoria moral, contribuyeron positivamente al progreso de Bolivia.
Según Arguedas, la iniciativa del indio por lo general se manifiesta con relación al mundo y al tiempo inmediato, careciendo de suficiente emotividad para concebir idealismo. Añade que escasean en él la voluntad y el deseo de cambio. Observa y sufre por y ante el “blanco” y el mestizo, con pasmo e impotencia. Sobrevivir es su consigna, aunque los avatares

36 Concha Meléndez, La novela indianista en Hispanoamérica (Ed: Universidad de Puerto Rico, 1961), p. 38.

de su forma de pensar rara vez le han permitido conducir su añoranza de libertad y justicia a la acción reivindicadora sostenida. Cuando esto ha sucedido, históricamente, el resultado ha sido el fracaso. Como ilustración, cabe decir que, según la historiadora Scarlett O’Phelan Godoy, hubo nada menos que 140 rebeliones en el Perú y Alto Perú, entre 1708 y 1793, casi todas dirigidas por criollos y mestizos. José Gabriel Condorcanqui, alias Túpac Amaru, era mestizo. La adversidad social en Raza de bronce se manifiesta pues en la contextualización de la explotación. Se da porque Arguedas postula en última instancia la alterabilidad, o más precisamente, la reivindicabilidad socio-política del indio, pese a criticar su inapetencia.
Víctima de su propia historia, el indio aparece en la escena arguediana deviniendo su infortunio ante seres humanos (otros bolivianos) que, con su religión católica y su Constitución Política de Estado, desde 1825, preconizan de dientes para fuera la justicia y la ley equitativas para todos los nacionales mientras explotan al indio, o se muestran indiferentes ante esa explotación: Arguedas recoge la causa, habiendo otros que la comentan: “Con la tan ponderada guerra de emancipación no se llegó, como se creía, a la anulación de las clases sociales, ideal al que se tendía; ellas continúan primando en el decurso de la república y subsiste hasta nuestros días”37 Arguedas también había recogido la causa: “…la vida es un combate rudo e incesante entre todos los elementos de la naturaleza y entre todos los seres vivos de la creación; una cruel y enorme carnicería en la que los más fuertes viven a costa de los menos fuertes”.38
En esos lugares “el hombre sobrevive ofuscado consigo mismo, y…habla con voz gangosa, apenas perceptible porque un enorme bocio le cubre la garganta, y es encorvado, canijo, y de una palidez cadavérica”.39 El indio existe embotado en la adversidad de los elementos, incluyendo vicios mayormente derivados del acullico de coca, y en el caos de su historia. El hacendado “blanco” o el mestizo reinan:
“¡Buenas tardes, tatitos! Buena tardes mamitas! saludaron [los indios] al entrar al patio, quitándose los sombreros. Llegaban sudorosos, agitados, con los pies y los zapatos blanquecidos por

37 Carlos Medinaceli, “La nacionalización del indio,” en Alegría de ayer (Ed: “Artísti-ca,” 1988), p. 186.
38 Raza de bronce, p. 9.
39 Raza de bronce, p. 48.

el polvo, vorazmente hambrientos, rabiosamente anhelosos de agotar fuentes, cascadas y mares de chicha y aguardiente”.40
Para Arguedas, Bolivia toda, como nación, paga el alto costo de la explotación del boliviano por el boliviano. ¿Y el gobierno? ¿Y la política? Usufructúan del estado de cosas:
Calle abajo, en desorden, venían grupos de chiquillos precediendo a las comparsas de bailarines indígenas que avanzaban lentamente soplando en sus zampoñas tristes… Detrás de las comparsas varios cholos conducían a distancia de varios metros dos bandas de tela blanca desplegadas en todo lo ancho de la calle y sobre las que, en letras negras, los partidarios habían pintado dos inscripciones: ¡¡¡VIVA EL ECRECIO CIUDADANO DON COSME ENDARA!!! ¡¡¡VIVA EL GRAN PARTIDO!!!41
Los indios bailan pese a la falta del derecho al sufragio. Indios tristes con suertes negras desde el momento que se entregaron al derrotismo, al hambre:
El hambre hace estragos en la región. Diariamente se ven ambular por los caminos polvorosos y secos caravanas de dolientes. Van en pos de la parihuela sobre la que saltan formas rígidas de cuerpos cubiertos con oscuros crespones, y se oyen los plañideros acentos con que se despiden los abandonados y malhayan el rigor de hados implacables que consienten la aniquilación por hambre de vidas humanas.42
Los “hados implacables” son los dueños del destino del indio, o sea los hacendados y sus amigos que, por otra parte, no se limitan a ejercer su poder en Bolivia. El novelista ecuatoriano Jorge Icaza también recurre al tema del hambre. Está expuesto en Huasipungo, en forma directa y desafiante. Arguedas se muestra más sereno. El novelista peruano Ciro Alegría utiliza el hambre como recurso arribado. En la novela El mundo es ancho y ajeno, la comunidad de Rumi se da inicialmente próspera. Va cayendo progresivamente en desgracia. Cuando el hambre acosa al indio, éste la sacia con coca. “La coca es buena para el hambre, para la sed, para

40 Raza de bronce, p. 180.
41 Vida criolla, p. 121.
42 Raza de bronce, p. 138.

la fatiga, para el calor, para el frío, para el dolor, para la alegría, para todo es buena. Es buena para la vida”.43
Alcides Arguedas menciona la coca como una constante en la dieta del indio precisamente porque el hambre también es constante. En Arguedas el hambre es endémica, en Ciro Alegría llega. En la novela Sobre la misma tierra (1943) del venezolano Rómulo Gallegos, el hambre también es una constante. Aunque los indios relatados por Gallegos hambrean más por indolencia: “Allí, languidecía, desmoralizada, una brava gente aborigen. Hambres anuales en la seca península natal la habían hecho emigrar hacia la ciudad propicia a los rebuscos de la mendicidad”.44
La tradición fatalista del indio también es abordada por Arguedas como elemento negativo. Debilitado históricamente por sus propios oráculos y leyendas, incluso antes de que llegasen los españoles, el indio encuentra difícil extraerse a su condición de dependiente:
Moldeados ya su temperamento y su carácter a la obediencia pasiva, totalmente domesticados para no saber obrar ni aun pensar por cuenta propia, llevaban los indios una vida llana, activa [en agricultura], con poca o ninguna complicación sentimental y relativamente feliz por la ausencia de grandes y trascendentales aspiraciones.45
Las caracterizaciones de “moldeado”, “obediente”, “domesticado”, etc., hacen que el indio se convierta en víctima de sus propias creencias y supersticiones. Según Arguedas, si el indio mismo no revisa seriamente estos desvalores, es difícil que el mestizo o el “blanco” los revise por consideración, o por lástima: “El lago sagrado de Wiñaymarca, hogaño generoso de recursos, ahora expulsaba, enfermo de males hechiceros, el mundo vivo de sus entrañas…”46 El mensaje moralista de Arguedas está dirigido al “blanco” y al mestizo que detentan el poder de cambiar las cosas: “-Sí Tata… te queremos… eres un padre para nosotros y no hay nadie más bueno que tú… Nosotros somos tus hijos… Nadie tenemos en la vida para que nos defienda y ampare sino tú… Somos tus esclavos…”47

43 Ciro Alegría, El mundo es ancho y ajeno (México: Ed. Diana, S.A., 1964), p. 277.
44 Rómulo Gallegos, Sobre la misma tierra (Buenos Aires: Ed. Espasa-Calpe, 1961), p. 89.
45 Alcides Arguedas, Pueblo enfermo, OC, I, p. 429.
46 Raza de bronce, pp. 101-102.
47 Raza de bronce, p. 181.

Novelistas como Jorge Icaza, Ciro Alegría, Eustasio Rivera, y bolivianos como Oscar Cerruto y Fernando Díez de Medina recogen el tema de la superstición del indio. Generalmente asocian al indio con un ser primitivo, de lenta superación espiritual, irreflexivo y reacio al progreso material sostenido: “El hechizo es primitivo,… entre nosotros subsisten algunas formas… Los indígenas no conciben lo natural como sobrenatural, sino al contrario: lo sobrenatural les parece natural”.48
Para el indio todo es Dios. El sol, la lluvia, el trueno, el relámpago, el granizo, el arco iris. Las noches y los días actúan como la misma evidencia que los hombres viven y generan. Un torrente formidable fluye de todas partes y sus olas poderosas atestiguan el renovado estremecimiento del universo. Todo es milagro. Espíritu y materia conviven en armonía indivisible: son inocentes, puros como el día primero, el cosmos no surgió para ser dominado por el hombre.49
Detrás de esa descripción de la situación paupérrima del indio, Arguedas lanza una severa crítica a los hacenderos. Si bien el indio debería hacer su parte en la tarea de su superación, el no-indio viene a ser el que nutre, en buena medida, la adversidad. El indio de Arguedas es un símbolo de la forma en que Bolivia se socava. El mismo indio se autosocava, y el no-indio socava; por lo tanto Bolivia se socava. Bolivia en este contexto también viene a ser, notoriamente, las sucesivas administraciones nacionales que, en su afán de “gobernar”, desgobiernan la cuestión de la equidad y justicia para con el indio. Por lo menos así lo contextualizan las novelas de Alcides Arguedas y de otros escritores suramericanos con respecto a sus respectivos gobiernos —y “primer mundos” que habitan en esos “tercer mundos”. Los indios de Arguedas son una prueba de fracaso nacional:
Arguedas, había aprendido a seguir la huella de todas esas existencias que formaron el cimiento de nuestra nacionalidad. Todos sus esfuerzos se habían dedicado al apresto de esa marcha alucinada de hombres que formaban el conjunto orquestal del crescendo”.50

48 Oscar Cerruto, Aluvión de fuego (Santiago de Chile: Ed. Ercilla, 1935), p. 21.
49 Fernando Díez de Medina, Nayjama (La Paz: Ed. Guisbert & Cia 1970), p. 23.
50 El ateneo de los muertos, p. 11.

“La mejor obra de Alcides Arguedas es, sin duda, Raza de bronce, novela de proyección continental… precursora del movimiento nativista americano”51 Estas opiniones de la obra indigenista de Alcides Arguedas vienen a corroborar el valor universal de su novelística como postulado de justicia en Bolivia y en otras regiones de América.
Resumiendo, física y socialmente oprimido, y espiritualmente socavado desde la llegada de los conquistadores españoles, y socavado por su propia tradición indígena, el indio se derrotó de entrada, lo que facilitó el triunfo del europeo y la consecuente explotación que dura hasta nuestros días.
d) El no-indio
Por “cholo” y por mestizo se entiende mezcla, digamos racial, de indio y blanco, aunque esta afirmación es vaga porque no significa gran cosa, según veremos; ya que en Hispanoamérica, cuando se habla de raza blanca, yo creo que se está estipulando una aproximación. De allí que nadie que se considere generacionalmente americano puede aseverar pureza racial, excepto quizá el indio. Por lo demás, queda inválida cualquier interpretación de alcurnia que tenga que ver con pureza de “raza blanca” porque ésta misma, mayormente venida de Europa, jamás ha proclamado con éxito ninguna pureza racial porque ésta no existe pese a los puristas que pululan por todas partes del planeta.
Alcides Arguedas, en Pueblo enfermo, habla del mestizo boliviano como una resultante belicosa de “abrazo fecundante de la raza blanca, dominadora, y de los indios, raza dormida”52 También habla de la procedencia del término “cholo”, que resulta ser una evolución de la palabra italiana fanciullo (jovencito).53 Pero lo de “cholo”, desde el punto de vista racial, en los escritos de Arguedas, queda irresoluto… y es más, queda en el aire. Según Novicow:
Nadie ha podido decir jamás cuáles rasgos establecían las características, de la raza [blanca]”. En Bolivia, no se sabría precisar, ni aún deslindar las diferencias existentes entre las llamadas raza blanca y raza mestiza… El cholo (raza mestiza), en cuanto se

51 Literatura boliviana, p. 278.
52 Pueblo enfermo, p. 435.
53 Pueblo enfermo, p. 412.

encumbra en su medio, ya es señor, y, por lo tanto pertenece a la raza blanca.54
Esta cita es importante porque traslada el asunto de la etnología a la sociología. De acuerdo a Arguedas, el cholo puede desplazarse en la escala social hacia la “raza blanca”; lo que significa que el “cholo” puede ser “blanco”, y el “blanco”, por lógica, puede ser, o devenir, “cholo”. Si tal es el caso, hay que plantear la cosa en forma distinta, y hay que hablar de cholo y no-cholo desde un punto de vista ético.
Eso de cholo en Bolivia es más cuestión de actitud ético-social tanto de parte del que califica como de parte del calificado. Y actitud que seguramente tiene un acto como fundamento. Por ejemplo, si fulano comete el acto de estafarme, mi actitud para con él será negativa, y lo consideraré -y lo calificaré de- cholo; y posiblemente él me considere otro cholo en función a mi acto de calificarlo de cholo. Se trata entonces de la actitud con su acto.
Dicho lo anterior ¿quiénes son cholos y quiénes son no cholos en la novelística de Alcides Arguedas? ¿Podemos aseverar que Alejandro Villarino es cholo, o que el hacendado Pantoja no es cholo? Si respondemos afirmativamente ¿podemos decir cuán cholo es Villarino, o cuán no-cholo es Pantoja? La respuesta es obvia: sí, podemos.
Si cholo significa opresor (acto), ¿no es acaso cholo Pantoja? (mi actitud para con Pantoja). Si cholo quiere decir abusivo, aprovechador ¿no es ciertamente cholo el cura de la parroquia donde se encuentra la hacienda Kohahuyo? Si cholo es el chisme ¿no son cholos los amigos de Carlos Ramírez? Si cholo es lo que corroe, lo ácido, ¿no son cholos los Rodríguez, los Olaguibel, los Peñabrava, de Vida criolla? Si cholas son la envidia, la crueldad, la hipocresía, la borrachera, la pérdida del mar, la delincuencia, la ignorancia, la ineptidud y la corrupción ¿no es chola la colectividad que la sustenta, y cholos sus componentes humanos? ¿acaso no es cholo el patriotero? ¿y no es cholo el gobernante que…? Llenar una novelística de verdades (actos), es una valentía (actitud). Y si la cobardía es chola y la valentía es no-chola, quedemos silogísticamente de acuerdo en que Alcides Arguedas es honesto, verídico, no-cholo, porque su literatura novelesca es un llamado al orden basado en muchas verdades, aunque nada es perfecto, desde luego.

54 Pueblo enfermo, p. 412.

No-cholo o cholo vienen a ser pues actitudes que poco o nada tienen que ver con la cuestión raza. Chola sería la falta de justicia (acto), mientras que su vigencia es no-chola. Y como ambas existen en el mundo boliviano y no-boliviano, concluyamos que cholos hay en todas partes. El cholaje y la barbarie son, en este contexto, sinónimos.
Desde ese punto de vista, la sociología de Arguedas es una digna continuación de la dualidad civilización y barbarie del argentino Domingo Faustino Sarmiento. Otro argentino, después de Arguedas, hará dicotomía afín con su dualidad de la Argentina visible (cholaje) y la Argentina invisible (no cholaje). He ahí una verdad de nuestra expresión en base a actitudes encontradas en un choque que nos continúa definiendo. Fuerzas en pugna procurando anularse en el rigor de una batalla constante que puede librarse en resumen ¡América!
Entendiendo el término “cholo” como lo hemos expuesto, podemos afirmar que la novelística de Alcides Arguedas podría interpretarse como un dechado de indios y de no-indios, y que los no-indios son, en su mayoría, cholos. Y este es precisamente, en última instancia, el propósito del autor: mostrar la actitud cholesca, y el acto dañino que afecta a Bolivia. Tratándose de seres humanos, su contenido es sociológico; mientras que su fondo es, repito, ético.
En las novelas de Arguedas, la actitud del no-indio está caracterizada por un acto de logomaquia desenfrenada que se sostiene mayormente en la ignorancia. El resultado tiende a ser la envidia como extroversión. El acto de la envidia a su vez propende a gestar una sensación de incomodidad, una actitud de desconfianza, frustración y amargura que conduce al fracaso. Este lleva a la soledad y al escapismo. El sadismo, la crueldad, los vicios, la dejadez, la delincuencia, el robo, la malicia, el desvarío, la corrupción, etc., son actos que se manifiestan en cualquier instancia del proceso.
¿Es la envidia, como la ve Alcides Arguedas, solamente boliviana? ¡No! … pero india americana desde luego no es. ¿De Bolivia solamente?
Esa pintura me hace ver la vida de casi todas las sociedades provincianas ¡Ah envidia! ésta, ésta es la terrible plaga de nuestras sociedades, ésta es la íntima gangrena del alma española, y ésta
nuestra llaga de abolengo, hermana gemela de la ociosidad belicosa, se la transmitieron nuestros abuelos a los pueblos hispanoamericanos y en ellos ha florecido, con su flor de asafétida.55
Vistas así las cosas, la cantidad de filones de crítica de la novelística arguediana es inagotable, según lo hemos estudiado en el trato de Arguedas de los medios campestre y urbano. Su poder de expresión busca el símbolo que enriquezca el estilo de su prosa. Su inspiración exhala dolor al tener que escribir novelas en las que se muestra una Bolivia invertebrada, hostil consigo misma:
La vida de estos dos seres era una perpetua discusión. Discutían por todo, sobre todo, en cualquier circunstancia, [y] motivo. Fuerte era ese espíritu de contradicción de ambos. Bastaba que Ramírez dijese que una cosa era blanca, para que Luján sostuviese que era negra. La simple afirmación de uno provocaba la negación del otro.56
Sucede también… que en Bolivia no hay memoria, cosa que viene a comprobar o patentizar la falta de cultura, porque un pueblo que lee no olvida, no puede olvidar, porque, de entre las cosas perecederas el libro es la menos fácil. Y es en los libros donde se perpetúan las acciones de los hombres, buenas y malas, casi por la eternidad.57
Esta contextualización de Arguedas seguramente dio pie a que se criticase al autor por pensar y escribir verdades ya que nadie puede negar la injusticia que el sector minoritario de “primer mundo” boliviano ha ejercido históricamente sobre el. “tercer mundo” boliviano. Lo peor es que hay resabios que perduran, de ahí la vigencia constante del mensaje social arguediano. Desde el personaje Pantoja hasta Melgarejo y Rodríguez, hay una constante destructiva cuyo origen se pierde en el subconsciente del cholo. De allí la soledad del boliviano idóneo, del escapismo de Villarino, de Ramírez y de tantos otros no indios. De allí también la angustia y el deseo de que Bolivia llegue a respirar otros aires en novelistas como Armando Chirveches, Carlos Medinaceli, Oscar Cerruto, Augusto Céspedes, y otros.

55 Miguel de Unamuno, “La envidia hispánica,” Mi religión y otros ensayos, OC, IV, p. 419.
56 Vida criolla, p. 98.
57 La danza de las sombras, p. 1019.

Su vida fue un renunciamiento absoluto de las pompas y los honores. iVaya usted a creer que la menguada ayuda de cargo diplomático fuera un todo para él! no, señor. Impagable ha sido su heroísmo de estudiante y de estudioso en cuanto le vimos construir una montaña inmensa de aseveraciones y evidencias que se infiltrarán por los siglos de los siglos, en el alma de las generaciones!58
A la poca crítica pro arguediana de Bolivia hay que añadir la crítica internacional que se muestra reconocedora del sitial que corresponde a Arguedas: “[Arguedas] se da cuenta que [los indios] son la parte sufrida de la nación, mártires hacia dos frentes: el de los hombres y el de la naturaleza”.59 “Raza de bronce, su obra más valiosa y difundida. Enlazándose con partes descriptivas bien elaboradas, semblanzas… se desenvuelve teniendo por ambiente la vida del indígena atropellado por los blancos, con caracteres de buena novela social”.60
Según Arguedas, el temperamento no-indio desconoce el recato y la franqueza. Así, Ramírez, víctima del “qué dirán,” es desterrado de la ciudad. Mientras el personaje Luján opina:
Esta tierra es incapaz de producir santos y mucho menos mártires; con nosotros vienen ahora muchos virtuosos; Pedrosa, por ejemplo. Hizo una estafa, y como su padre era ministro y la estafa era contra el estado, se dijo que era viveza de hombre práctico. Y nuestros virtuosos son de esa lapa.61
Duros conflictos sufre también Carlos Ramírez. Cabe destacar aquí que el desencanto de Ramírez es el desencanto de Alcides Arguedas: “Ramírez, figura autobiográfica, participa de las melancolías y desencantos de su progenitor literario”.62
Con esta opinión queda clara la participación de Arguedas en sus

58 El ateneo de los muertos, p. 21.
59 Rudolff Grossman, Historia y problemas de la literatura hispanoamericana (Madrid: Revista de Occidente, 1972), p. 421.
60 Raymundo Lazo, Historia de la literatura hispanoamericana (México: Ed. Porrúa, S.A., 1967), p. 163.
61 Vida criolla, p. 95.
62 Literatura boliviana, p. 277.

personajes; aunque la mayoría sea de tipos que él socava y hasta repugna, como la actitud de Suárez, en Raza de bronce; Ramírez, en Vida criolla; y Villarino en Piragua. Estos representan al autor; es decir, en ellos hay mucho de Arguedas. Los demás personajes se mueven tipificando males sociales del segmento no-indio de la población. Pantoja es el arquetipo del cholo opresor que preserva a la fuerza su heredada fortuna. Troche, el indio acholado, -ya que también hay indios no-cholos o decentes- representa un nexo entre Pantoja y el indio abusado.
Vida criolla ofrece una galería de tipos cholescos como Guilarte, el tinterillo completo; Pedrosa, el galeno de carachas; Emilio Luján, el politiquilla barato; Justo Aranda, el magistrado don Nadie; Rodríguez, el proxeneta por excelencia; Barrientos, el músico de chichería; Olaguibel, el petardista. Entre las mujeres emperifolladas y cursis, cuyas funciones sociales las convierten en petimetres picariles, feligresas del rondó a punta de agua y tequiche: la vieja doña Juana, madre de Elena, roñosa e idiota; la solterona Carlota Quiroz, indeseable y mala como el cólera; y Elenita, la mosca muerta. He ahí buena parte del cuadro humano arguediano.
Porque, mis amigos, yo, antes que nada, soy boliviano. Todo lo quisiera sano, grande y fuerte en mi patria. El mérito de mi libro [Pueblo enfermo, aunque se puede referir a toda su obra], si tiene alguno, estriba en esto sólo: encerrar un fervoroso amor por la tierra y ser el primero y el único que se escribió con un plan y un todo de razonamiento lógico para explicar las causas de nuestro estancamiento en las rutas del progreso.63
Pero veamos al hombre Arguediano por dentro.
e) La sicología del indio andino
Las novelas de Alcides Arguedas ofrecen material para formar -por inferencia, denotación y/o connotación, en base al material estudiado arriba, una opinión sobre las fuerzas que han afectado, y quizá aún en cierta medida continúen afectando, el espíritu y la moral del indio andino.
Postulamos que el indio arguediano sufre una profunda confusión sicológica provocada por:
a) su autoderrota ante el europeo en gran medida derivada de su

63 Vida criolla, p. 640.

disciplina religioso-jerárquica en el sentido de que lo que anunciase o dijese el líder indio, el Inca en el caso del grupo incaico, era ley;
b) la marginalización de sus creencias religiosas por parte del conquistador -en un intento de implantación por la fuerza del cristianismo;
c) la injusticia de que es objeto en manos de gente que predica la piedad, la caridad, el perdón además de bautizarse y confirmarse como exige la iglesia católica, y escuchar misa todos los días;
d) la eliminación de su estructura de vanguardia en el sentido de haber sufrido la pérdida violenta y casi total de sus líderes políticos y espirituales a partir de la tercera década del siglo diez y seis;
e) la humillación sufrida por el varón indio al observar que la india es violada por el blanco sin que exista justicia que le ayude a recuperar su dignidad;
f) el nepastilismo o la humillación sufrida por el varón indio al percatarse de que la india prefiere hijos mestizos para así lograr protección en el serrallo, mayor jerarquía social y consideración para su descendencia;
g) continuar siendo testigo de su propia incapacidad de reacción ante una situación de violencia sistematizada contra su pueblo;
h) percatarse repetidamente, desde el siglo diez y ocho, de que hay “blancos” y mestizos que lanzan los primeros gritos significativos de su emancipación sin que él sea partícipe del liderazgo;
i) luchar y morir por esa emancipación para caer nuevamente, a partir de 1825, en el mismo abuso e injusticia de la época española;
j) los efectos del consumo de alcohol y de coca;
k) saber que la forma más segura de sobrevivir es bajo el amparo del criollo, pese al vejamen y denigración que tal “amparo” signifique;
l) refugiarse en el fatalismo, la superstición, el fetichismo, la brujería, afines a las deidades y creencias de sus antepasados, bajo la recalcitrante presión de los que quieren convertirlo del todo al cristianismo.
Ampliemos cada uno de estos intrincados aspectos de la sicología indígena de América.
Con respecto a su autoderrota, los indígenas de mayor progreso tecnológico, científico y social, a principios del siglo diez y seis, los mexica o aztecas y los incas, habían profetizado, cada uno independiente y coincidentemente, el arribo de hombres barbudos y blancos que vendrían
en comisión deísta a alterar las cosas, y que no había que oponer resistencia. Tal coincidencia, de incalculable implicación derrotista y entreguista, socavó el espíritu y la voluntad indígena al punto de tornarla en logro relativamente fácil para el español. Éste por su lado venía triunfador en lides de fe, espada, tercio y catequización que consumieron ocho siglos de lucha contra el musulmán en la Península ibérica. El sentido de logro en función al cristianismo de biblia, armadura, sable, lanza, caballo, perro y garrote -y por desgracia enfermedades como el tifus, la variolosis, la influenza- encontraron acceso expedito al espíritu -y al territorio- indígena para doblegarlo. Esta génesis de la derrota india en América encuentra secuela, en lo que toca a Bolivia, en la contextualización de Raza de bronce.
Huayna Capac llamó a sus oficiales para anunciar el fin del imperio con el reino del doceavo Inca, por conquista de hombres extraños barbudos y blancos, tal como lo habían predecirlo los oráculos. Ordenó no resistir los designios de los dioses, pidiendo más bien obediencia a sus mensajeros.64
La marginalización y virtual erradicación de las creencias religiosas del indio se hicieron a toda costa y a todo costo desde el comienzo de la Conquista con el propósito de imponer la religión católica y así establecer la autoridad espiritual y moral de la Iglesia. Sin embargo la catequización se hizo en forma parcial e incompleta, con la confusión espiritual y moral resultante:
La mentalidad de los indígenas no estaba en condiciones de entender las concepciones demasiado elevadas para su espíritu que se les predicaba y asimilaba superficialmente las enseñanzas de los misioneros. No comprendía la profundidad de los dogmas cristianos

64 William H. Prescott, The Conquest of Peru (New York: Ed. Mentor, 1961), p. 205. La traducción es mía.

ni la magnificencia de sus mandamientos. Se quedaba en la exterioridad de los ritos y de las ceremonias.65
La injusticia de que es víctima el indio boliviano, el indio americano, se destila de las páginas de las novelas de Alcides Arguedas, Jorge Icaza, José Eustasio Rivera, Ciro Alegría, y otros narradores anteriores como Clorinda Matto de Turner, según dijimos. En Alegría es precisamente la obvia falta de justicia que impulsa la pluma de estos literatos. Arguedas hace hablar así a uno de sus personajes indios:
Somos para ellos [los patrones] menos que bestias. El más humilde de los mestizos o el más canalla, se cree infinitamente superior a los mejores de nuestra casta … Y así, maltratados y sentidos nos hacemos viejos y nos morimos llevando una herida viva en el corazón ¿Cuándo nos ha de acabar esta desgracia? ¿Cómo hemos de librarnos de nuestros verdugos?66
Haber perdido los líderes espirituales y políticos que educaban, formaban y administraban la juventud, la colectividad indígena, sobre todo por medio de la tradición oral, coartó de cuajo la delicada continuidad de una historia, de la leyenda, del ensueño, de la capacidad de admirar a los héroes, de la capacidad de seguir sus ejemplos y pautas morales, y, en consecuencia, redujo a la nada la capacidad de idealización auténtica del indio: “Aquí, formando rueda, danzan los sicuris… Allá, los phusipayas, encorvados sobre sus flautas enormes y gruesas, lanzan notas bajas, hondas patéticas, en que parece exhalarse la cruel pesadumbre de la raza”.67
La humillación sufrida por el indio al contemplar la violación de sus mujeres sin poder defenderlas se incluye en Raza de bronce: “Wata-Wara de un salto púsose de pie y probó desasirse para huir; pero Pantoja la tenía cogida con la fijeza de un dogo de lucha. La india prorrumpió en estridente alarido mas al punto cayó sobre su boca la pesada y gruesa mano de Ocampo”.68
La reacción de Agiali, esposo de la víctima, es humana cuando descubre el

65 Guillermo Francovich, La filosofía en Bolivia (La Paz: Ed. Juventud, 1966), p. 16.
66 Raza de bronce, p. 243.
67 Raza de bronce, p. 176.
68 Raza de bronce, p. 225.

cadáver de su esposa: “El sabe que la han asesinado los patrones”.69 He ahí al indio Choquehuanka hablando en nombre de su estirpe: “Ustedes me han reprochado de encubridor y de tímido, y es porque no quería sacrificarlos: pero recién veo que para nosotros no puede haber sino un
camino: matar o morir”70 Y el ofendido esposo: “Agiali apenas oía. Abru-mado de dolor, sediento de venganza, únicamente anhelaba hallarse junto a su muerta y correr después, aunque fuera solo, a cobrar de los patrones la deuda de sangre”71 Poco después y cuando la rebelión venía tomando cuerpo surge el derrotismo de Choquehuanka:
… pero luego he visto que siempre quedarían soldados, armas y jueces para perseguirnos con rigor, implacablemente, porque alegarían que se defienden y que es lucha de razas la que justifica sus medidas de sangre y odio.72
La historia de humillación se repite y el resultado es el fracaso. Injusticia y castigo no se hacen esperar y “la cosecha de mujeres” nunca se acaba para el no-indio desde el siglo diez y seis.
La humillación del varón ha debido de ser dolorosamente profunda al percatarse de que la india prefiere hijos mestizos (nepantilismo, palabra utilizada por historiadores anglosajones como Hugh Thomas en Conquista) para asegurar el futuro de su descendencia: “Las indias no dudaron en traicionar a sus parientes y paisanos para proteger a los españoles que se habían convertido en sus nuevos amos y en los padres de su descendencia mestiza”.73
Ser testigo de la incapacidad de acción de su pueblo ante la injusticia del opresor ha debido ser profundamente traumático:
El patio, donde los indios pálidos, descompuestos, miraban la feroz faena [del castigo de azotes], sin decir ellos palabra ni hacer un gesto; su inmovilidad era todavía más rígida y sólo se les veía pestañear con precipitación. ¡Perdón tata, perdón, por Dios! Yo no he incendiado la casa. ¡Perdón! se quejaba y plañía dolorosamente

69 Raza de bronce, p. 46.
70 Raza de bronce, p. 231.
71 Raza de bronce, p. 240.
72 Raza de bronce, p. 243.
73 Ricardo Herren, La conquista erótica de las indias (Barcelona: Ed. Planeta, 1991), p. 129.

el flagelado. Los otros [indios] aterrorizados, gimientes, cayeron en masa de rodillas: ¡Perdón! ¡Perdón!74
Y en opinión del historiador y crítico literario chileno, Arturo Torres-Ríoseco: “La segunda parte de Raza de bronce expone los sufrimientos y la destrucción de esos indios debido a la codicia de los patrones, y en un relato sombrío, que da al lector verdadero sentimiento de angustia cuando contempla el martirio de la esclavizada “raza de bronce”.75
En cuanto a saber que los primeros gritos de emancipación fueron lanzados por mestizos y blancos, y no por él, cuando es él el que más ha sufrido y sufre bajo el yugo de la opresión, Arguedas lo aborda conminatoriamente sin tomar en cuenta el peso traumatizante de los factores expuestos en esta sección sobre la circunstancia sicológica del indígena: “el indio lucha y muere por defender un bien inmediato… pero los conceptos superiores de la solidaridad, honor colectivo y deber del sacrificio por el bien común son cosas que escapan absolutamente a su comprensión”.76
Luchar y morir por la emancipación de Bolivia para luego caer nuevamente en el abuso y la injusticia después de 1925 ha debido ser triste y desconcertante para el indio.
El cholaje desde aquel sábado seis de agosto de 1825 hasta nuestros días, ha esgrimido (sic) un pensamiento y una actitud de discriminación y segregación racial con respecto al indio; al cual ha esclavizado, asesinado, robándole sus tierras y su cultura, lo ha sometido a una oprobiosa condición infra humana, peor que en la Colonia.77
Los efectos de la coca y el alcohol sin duda han contribuido a socavar la salud del indio boliviano. El consumo del alcohol durante celebraciones religiosas se ha convertido en una tradición. El consumo de coca, a mi parecer, tampoco ha ayudado a conservar la salud del indio. Algún día se tendrá que estudiar el efecto pernicioso del consumo de coca en la salud

74 Raza de bronce, p. 113.
75 Arturo Torres-Ríoseco, Nueva historia de la gran literatura iberoamericana (Buenos Aires: Ed. Emecé, 1961), p. 191.
76 Alcides Arguedas, “Primera carta a Germán Bush,” en Cartas y otros escritos, OC, II., p. 1179.
77 Fausto Reinaga, El indio y el cholaje boliviano “Prólogo”, .(La Paz: Ed. Piakk, 1964).

del indio. Yo conjeturo que el consumo de la coca, por siglos, ha sido, en gran medida, una causa importante de la postración espiritual y mental del indio, y de su tristeza. Será un arbusto histórico de fruto cultural indio, pero su abuso ha sido perjudicial para el indio. Y no me estoy refiriendo al consumo de cocaína, sino al consumo continuo de la hoja de coca. “Llegaron sudorosos, agitados, con los pies y los zapatos emblanquecidos por el polvo, vorazmente hambrientos, rabiosamente anhelosos de agotar fuentes, cascadas y mares de chicha y aguardiente”.78
El ambiente urbano del criollo tampoco ayuda, así:
Había amanecido. Grupos de indios arreaban por las calles, desiertas y sucias, sus recuas de burros o de llamas de regreso a sus pagos. Las campanas de la iglesia repicaron soñolientas llamando a los fieles a esta primera misa de ceniza. Y los máscaras, ebrios perdidos, se recogían a casas con paso inseguro.79
No tener más alternativa que servir al burgués para poder sobrevivir ya sea viviendo cerca a él, o dependiendo de su voluntad -leyes y sistema para poder comerciar el producto agrícola también ha tenido que ser una forma de agobio sicológico y moral.
Tener que acudir a los remanentes de las convicciones mítico-religiosas de sus antepasados como la superstición, las deidades de la naturaleza, la brujería, en medio de presiones para convertirse al cristianismo, ha debido ser una jornada similar a los ritos de los cristianos de las catacumbas de los primeros siglos de la era cristiana. En opinión de Arguedas:
Sojuzgado, pues, el indio por diferentes creencias contradictorias, enteramente sometido al influjo material y moral de sus yatiris, de los curas, patrones y funcionarios públicos, su alma es depósito de rencores acumulados de muy atrás, desde cuando encerraba la flor de la raza contra su voluntad, en el fondo de las minas.80

f). La sicología del no indio
Detrás del cerro gris, la paja brava, chozas, fetiches, totorales y “niñas bien”; en medio del asco y la angustia de días perdidos, la carencia de

78 Raza de bronce p. 180.
79 Vida criolla, p. 142.
80 Pueblo enfermo, p. 420.

altivez; entre engaños, excesos de alcohol y de politiquería, existe un ámbito interior en cada uno de los personajes no-indios de Alcides Arguedas que encierra el origen sicológico de la actitud del acto exterior. Ese acto exterior puede ser bueno o malo, dependiendo de la escala de valores y la perspectiva del que valora. Pero cuando se trata de neurosis, el problema se debe plantear claramente y sin titubeos.
El no-indio boliviano, desde la perspectiva de Alcides Arguedas, se caracteriza sicológicamente por las manifestaciones neuróticas que se dan por y en los sentimientos de inseguridad y de inferioridad. La presencia de estos sentimientos en los personajes principales de las novelas de Arguedas permite postular que éste intuye móviles sicológicos afines a lo que, con el tiempo, iban a conducir al sicoanálisis de los austríacos Sigmund Freud (1856-1939) y de Alfred Adler (1870-1933) coetáneos a Arguedas que muere en 1946.81
Si aceptamos que la timidez, el pesimismo, el derrotismo, el escapismo, etc., son derivaciones negativas del sentimiento de inferioridad; y si entre las derivaciones positivas tenemos el respeto a la mujer y el heroísmo, los personajes y situaciones que viven en la novela Pisagua revelan la presencia de comportamiento neurótico. Ya Adler lo había señalado:
Todos los hechos se explican de la forma más sencilla: lo que suministra el punto de partida de la evolución de una neurosis es el sentimiento amenazador de inseguridad y de inferioridad, sentimiento que engendra el deseo irresistible de encontrar un fin susceptible a hacer soportable la vida, asegurándole una dirección, fuente de calma y de seguridad.82
Adler postula que la acumulación de adversidades en el subconsciente puede conducir a una reacción que contrarreste el efecto negativo del sentimiento de inferioridad. Viene a ser un impulso de represión contra la adversidad: “Adler… sostiene que el causante de los deseos de represión es el deseo de poder. El sentimiento de inferioridad es el que suele llevar al hombre incluso al heroísmo… es el causante de las sublimaciones, que
81 Arguedas es coetáneo a los estudios y apogeo del sicoanálisis. Sigmund Freud escribía en 1914 su Contribución a la historia del movimiento sicoanalítico.
82 Alfred Adler, “Voluntad de poder y complejo de inferioridad,” en Gaetán Picón, Pa-norama de las ideas contemporáneas (Madrid: Ed. Guadarrama, S. L, 1965), p. 139.
son el arte, la literatura, la acción heroica”.83
Una lógica y primera manifestación del sentimiento de inferioridad es pues la timidez que se traduce en la debilidad de carácter para garbear adversidades que precisan fuerza de represión contra la misma timidez. Así, Alejandro Villarino, ante la imposibilidad de reconquistar a Sara: “Débil por naturaleza y por carácter, no quiso llegar a la conclusión de que muy bien podría encogerse de hombros y luego reír la farsa de vivir. En su pobre alma hubo un derrumbe. Desechando la idea del suicidio pensó otra cosa; pensó irse. Y se fue”.84
Villarino exhibe un comportamiento consistente con la presencia del sentimiento de inferioridad en él, sin manifestación de impulsos sicológicos contrarios, represivos de ese sentimiento de inferioridad. Otro ejemplo sería la descripción que hace Luján del sentimiento de inferioridad de Carlos Ramírez, su amigo íntimo:
En el colegio era un chiquillo reservado, tímido, incapaz de un gran grito o de una bien sentada patada y extraordinariamente flojo para las ciencias exactas… En las clases, siempre a la cola, rezagado; en exámenes, siempre con números bajos… La insignificante contrariedad amorosa le ponía de un carácter imposible: tornábase hosco y mudo.85
Alejandro Villarino por su lado y Carlos Ramírez por el suyo, en sus respectivas circunstancias, están sometidos a una prueba de adversidad sentimental. Ambos sucumben. En el caso de Villarino, que es el que más ilustra nuestro propósito, la introversión y la timidez se imponen:
Sara, ignoro si al confesarle los sentimientos que me animan… No pudo continuar. El corazón le latía de una manera atroz. Había pensado que tendría el suficiente valor para, despojándose de su timidez decirle lo mucho que la amaba; había, previniendo este caso, forjándose un discurso en el que las frases de entusiasmo eran muchas, pero llegado el momento se encontró con que su discurso
83 José Vasconcelos, “Filosofía psicológica,” Manual de filosofía, OC, (México: Ed. Libreros Mexicanos Unidos, S.A., 1961), Tomo IV, p. 1131.

84 Pisagua, p. 59.
85 Vida criolla, p. 96.

se evaporaba.86
El sentimiento de inferioridad convertido en la timidez de Villarino denota temor, miedo de que la respuesta de Sara sea negativa. Arguedas destaca la timidez para condenar la ausencia de manifestaciones represivas que contrarresten esa cortedad. El resultado es el pesimismo constante y luego el derrotismo. O sea que en tanto los sentimientos represivos -como la reflexión, la cautela, el recato- escaseen, el caos síquico resulta en el desasosiego espiritual y luego en el desajuste moral. La caída es inevitable: Villarino “viajó consumiendo sus energías y abriéndose paso a fuerza de malgastar caudales. ¡Viajó llevando en el pecho el cadáver de una pasión que se pudría!”87
La falta de carácter de Villarino hace que Sara opte por otras amistades que no siempre resultan las mejores. En concreto: Arguedas opta porque Sara y Alejandro se desintegren moralmente: “Y esos dos seres que… podían haber sido dichosos, …hallábanse vencidos, caídos para siempre en ese fango donde se arrastran los que ya no acarician una ilusión”.88
Ante el cúmulo de adversidad cuya razón primera se arraiga en el sentimiento de inferioridad, el humano busca el desahogo. En el caso de Villarino, el desahogo se manifiesta caóticamente ya que en vez de buscar un entendimiento sentimental, sólo consigue insultar a Sara en un momento en que las cosas hubieran podido arreglarse: “Y luego el fango que se arroja a mi corazón, luego tú, meretriz, siendo de otro… ¡Y te he odiado como a nadie en el mundo!… ¡Ah! Sara, convulsa, loca, aterrada, con el cabello suelto, cayó de rodillas a sus plantas”.89 Villarino luego aparece agotado, repugnando la vida, enloquecido de dolor, avergonzado, “corrido por el murmullo de burla que, en su redor…,buscó la soledad de un rincón”.90
El escapismo de Villarino lo conduce a Europa, y después a la batalla de Pisagua, donde perece heroicamente desde el punto de vista bélico, más no tan heroicamente si observamos su vida enfrascada en un derrotismo irreversible. Arguedas hace que sus personajes vivan duras pruebas. Los

86 Pisagua, p. 43
87 Pisagua, OC, I, p. 61.
88 Pisagua, p. 64.
89 Pisagua, p. 70.
90 Pisagua, p. 54.

conduce desde la timidez hasta el aislamiento, la soledad como último reducto sicológico: “La soledad es el fondo último de la condición humana”.91 “En un individuo, un desarrollo neurótico proviene, en definitiva del sentimiento de aislamiento, de hostilidad, de miedo y de una disminución de la confianza en sí mismo”.92
¡Es triste esta incomprensión, este desconocimiento entre seres humanos, sobre todo entre los que debiéramos conocernos! Es difícil salir de nuestro interior. Nos lo impide el orgullo o la timidez, o el ignorar las palabras que conducen a la comprensión, o el haber
revestido nuestra intimidad con un muro de piedra.93
Queda pues comprobado que los personajes estudiados, a manera de ilustración, sufren de neurosis. Sus sentimientos de inferioridad son profundos. Hay situaciones en que el elemento compensador se da a través de la acción heroica. Pues bien, la ausencia de una vida más o menos normal, donde las compensaciones o satisfacciones existan, hace que el cúmulo de sinsabores produzca esa acción heroica como forma de contrarrestar, ipso facto, la adversidad contenida. Lo vimos cuando Alejandro Villarino toma parte descollante en la revolución que depone al dictador Mariano Melgarejo; y cuando, presa de la desesperación, luego de la muerte de Sara, se incorpora en las filas castrenses bolivianas en camino a defender el puerto de Pisagua. Pero se incorpora en tales filas no solamente por la muerte de Sara, sino para desahogarse de la angustia acumulada en años de desgaste sicológico:
Villarino es odiado, es maldecido por todos, el Cristo de un Calvario sangrientísimo, estaba allí, con dos balazos en el cuerpo, infundiendo valor a sus compañeros para defender a esa patria que le había hecho padecer tanto; estaba allí olvidado de sus rencores, de los ultrajes que le habían inferido, dispuesto a ser el primero de la recua, a aumentar el número de los héroes sin nombre.94
Conclusiones
La naturaleza hostil y la vitalidad del hombre sirven de medio para

91 Octavio Paz, El laberinto de la soledad (México: Fondo de Cultura Económica, 1964), p. 161.
92 Carl Jung, “Neurosis y sociedad,” en Picón, op. cit., p. 145.
93 Manuel Gálvez, Hombres en soledad (Buenos Aires: Ed. Lozada, S.A., 1957), p. 90.
94 Pisagua, p. 80.

expresar el desaforo de la situación en que desvive su país. La descripción realista-naturalista del medio campestre, con abundante aporte preciosista, contextualiza el propósito crítico. La principal preocupación del autor es el hombre y su actitud ante los otros hombres que hacen Bolivia. Expone y critica los procederes de esos hombres con todo el vigor de su talento.
Arguedas estudia la estructura social de la ciudad de La Paz, sus tradiciones y costumbres. Plantea críticamente el hecho del carnaval y sus consecuencias adversas, sobre todo en lo que refiere al nefasto acto del general Hilarión Daza, de diferir la defensa del Litoral en razón del carnaval. La opinión de otros críticos destaca la importancia y, hoy por hoy, la vigencia de la crítica de Arguedas.
Teniendo en cuenta el amor que Arguedas expresa por su Bolivia a lo largo de toda su obra, el trato que hace del indio andino es tajante. Lo ataca por su conformismo, y lo defiende del flagelo del no-indio siguiendo una tradición que se remonta a los trabajos de Bartolomé de Las Casas y otros incluyendo las Leyes de Indias que pugnaron por la justicia en América magníficamente estudiada por el erudito estadounidense Lewis Hanke , entre otros, sobre todo en su célebre libro La lucha por la justicia en la conquista de América. Otro tanto hacen en sus respectivas novelas el peruano Ciro Alegría y el ecuatoriano Jorge Icaza, entre otros. El indio es víctima de su propia historia y de su fatalismo ya que su entrega a éstos puede ser total sin que él mismo los comprenda y, a ratos históricos, se entregue a los que proclaman entender estas cosas en nombre de él a menudo olvidando que Bolivia no solo es de andinos.
El apelativo “cholo” tiene poco o nada que ver con la etnología ya que Arguedas otorga al cholo la capacidad y habilidad de desplazarse socialmente a la categoría de “no cholo”. Ser o no ser cholo tiene que ver con actos y actitudes de bolivianos. Cuando se busca insultar se recurre al apelativo cholo. Así, el hacendado Pantoja de Raza de bronce es cholo por que abusa del indio. El cholo es por lo general ignorante, envidioso y fraca-sado y porque en fracasado es vengativo a más no poder aunque muchas veces n sabe cómo dar forma y contenido a su venganza. El indio y el resto del país pagan las consecuencias por esa presencia de barbarie en América. El indio puede ser cholo o no-cholo dependiendo de la perspectiva ética del análisis.
La sicología india se debate entre sentimientos de: autoderrota; marginalización, creencias religiosas; injusticia en manos del “cristiano;” pérdida de sus líderes; humillación ante el hecho de la violación de sus mujeres; desvarío ante el hecho de que la india prefiere tener hijos mestizos; ser testigo de su propia inacción; que los no-indios sean los líderes de las luchas de emancipación; que los no-indios hiciesen la revolución de independencia; lucha y muerte por la causa de la Independencia sin jamás llegar a ser dirigente; observar que después de 1825 la injusticia continúa igual que durante el período colonial; lo dizque bueno del consumo de alcohol y de coca; que su sobrevivencia depende de la docilidad al servicio del no indio. Por todo esto, reconozcamos que hoy, lo que más socava sociológicamente al indio es su propia amargura, su historia y la forma fatalista en que la interpreta y por épocas la quiere imponer. Luego está el abuso ilegal y anticonstitucional que ha venido sufriendo y, en muchos sentidos, sigue sufriendo en manos del no-indio y de que se hace pasar por indio o defensor del indio.
Los principales personajes arguedianos se caracterizan por los sentimientos de inseguridad y de inferioridad y, a menudo, el deseo de superarlos con la acción inmediata. La perseverancia o desahogo metódico de las energías vitales que deberían conducir al esfuerzo edificante se ven limitadas por el deseo de satisfacción inmediata. Al no cristalizar este deseo que puede ser de índole amatoria, el individuo se convierte en víctima de su propia incapacidad. El resultado es la neurosis que a menudo conduce a la desesperación y al suicidio, como en el caso de Alejandro Villarino de la novela Pisagua. Todo en un despliegue de adversidad sin lindes.


El socialismo a la boliviana

enero 26, 2011

El socialismo a la boliviana
Por Jorge V. Ordenes L.
En una entrevista publicada a fines de 2010, o sea antes del gasolinazo de diciembre y su increíble secuela inflacionaria y de escaseces de azúcar, cemento y otros productos básicos, el Ministro de Finanzas del Estado Plurinacional definió lo que él creía que hacía como un “socialismo a la boliviana” que “no es un modelo estatista”, sino “un modelo social comunitario productivo” que incluye a la empresa privada.

No se necesita ser genio para concluir que lo dicho por el ministro es una ensalada que no tiene pies ni cabeza incluso antes del gasolinazo y sus consecuencias. Peor después del gasolinazo. El primer ingrediente de la ensalada está en meterse con la palabra “socialismo” que viene a ser un saco donde cabe mucho, desde el principio de propiedad colectiva del revolucionario francés Fracois N. Bobeuf, de fines del siglo XVIII, hasta el socialismo científico del alemán Karl Marx en el siglo XIX y su estela, para llegar a la social democracia sobre todo del siglo XX que inteligentemente ha legislado sobre el proletariado, la iniciativa y emprendimientos privados en forma exitosa… que es lo que debería emular en lo posible el Gobierno del Estado Plurinacional.

El segundo ingrediente de la ensalada es el ablativo “a la boliviana”. Lo que seguramente quiso decir fue “a la Estado Plurinacional” porque “a la boliviana” la historia muestra que no han salido las cosas bien para la mayoría de los bolivianos desde 1825, excepto algunas obras de arte que se destacan por su individualismo que es nada menos que contrario a cualquier socialismo descontando quizá el de protesta… si se estira el cuero.

No hace mucho el Gobierno del Estado Plurinacional quiso vetar libros de literatura boliviana como la novela Raza de bronce de Alcides Arguedas, lo que me pareció algo “a la boliviana” porque si se lee la novela se ve que defiende a brazo partido al indígena del Altiplano, Agiali, y a su esposa, de los abusos del hacendado Pantoja. Como decía el gran orador religioso de fines del siglo XVI, J.B. Bossuet: “En Egipto llamaban tesoro a las bibliotecas que guardaban los remedios del alma [y que curaban] la ignorancia, la más peligrosa enfermedad y el origen de todas las demás”.

Ahora, si nos vamos por el supuesto ”socialismo a la estado plurinacional” nos encontramos de entrada con la debacle de YPFB y sus poco menos que estertores; el gasolinazo como ejemplo estelar de cómo no hacer las cosas; la “broma de Atacama” que los militares chilenos tienen derecho a entender a su modo… como nosotros tenemos el derecho a que Su Excelencia (S.E.) sepa que en las relaciones internacionales no hay espacio para bromas; y la increíble insistencia de estar por encima de las leyes y sugerir que los abogados hagan leyes de lo que dice S.E. Los emperadores romanos hacían otro tanto aunque no todos; y desde luego el llamado “imperio”, o sea EEUU, que yo sepa, nunca ha confeccionado una ley como resultado de lo que discursee o diga el Presidente sin antes pasar por proyecto de ley y la aprobación o reprobación de comités y las cámaras del Congreso, et. al.

Lo de “modelo social comunitario” es increíblemente ambiguo porque para empezar “social” y “comunitario”, en el sentido solidario, son sinónimos porque no se puede socializar otra cosa que no sea una comunidad de humanos que buscan y acepten, por desesperación, engaño, ignorancia o sapiencia asociarse de alguna manera incluyendo constituirse en cofradía. Tampoco se puede organizar una comunidad si no se tiene la protección de caballero feudal, la Iglesia, el cantón, la provincia, el departamento y el país o estado o lo que sea. Un problema grave es proclamarse líder socializante sin tener claro y estudiado qué “modelo” se busca popularizar y plantear, lo que hasta ahora el Ministro de Finanzas no ha identificado ni menos explicado.

Ahora, sin tener claro lo de “modelo social comunitario” ¿cómo se puede hablar de productividad que incluya a la empresa privada por más espoliada que esté?


¿Estamos a la deriva?

enero 18, 2011

¿Estamos a la deriva?
Por Jorge V. Ordenes L.
El Estado Plurinacional parece estar a la deriva porque nadie está seguro de que los que mandan saben dónde están, lo que imposibilita llegar a donde quieran ir… siempre que lo sepan. El desaliento está cundiendo en el país incluyendo El Alto, las minas y Oruro; hasta el Chapare está mostrando desaliento. Los movimientos sociales no solo se dividen sino que van cayendo en cuenta que respaldar y votar en las urnas por un grupo que ofrece “el oro y el moro” retóricamente no es suficiente. Tampoco parece ser suficiente ni menos cauto e inteligente votar por ellos como venganza de lo que ha sido gobierno en Bolivia desde 1952 e incluso antes. El empleo en el Estado Plurinacional escasea más que nunca porque no hay inversión privada como debería haberla dadas las inmensas necesidades estructurales y microeconómicas. La inseguridad jurídica perjudica y la empleomanía política, sin enfatizar productividad, es una epidemia.

“Hechos y no palabras” dice el adagio pero desde hace seis años que abundan las palabras sobre todo en lo que se refiere a la industria del gas estatizada a codazos, lo que continúa sembrando desaliento por doquier y peor, cimenta el convencimiento de que tomará décadas en recuperar una Bolivia factible. Peor si se sopesa el daño causado a las relaciones con PETROBRAS lo que en su momento, dicho sea de paso, parece haber disgustado a la actual presidente de Brasil. Se trata de un mayúsculo error de un proyecto de país que no cuaja posibilidades de convivencia. Y no las cuaja porque fuera de estatizar a empujones, se quiere obligar a echar por la borda libertades como la de prensa y la de educación de los hijos. ¡Qué insensateces!

Incontrolablemente enigmáticos van perfilándose asuntos como: (1) el increíble gasolinazo y su secuela de retracciones y resultante desbarajuste administrativo e inflacionario que, aunque disguste, sólo empieza; (2) el descubrimiento de que los asesinatos del Hotel de Las Américas de Santa Cruz parecen apuntar a todo menos a una presunta conspiración cruceña; (3) la romántica promesa de construir un ferrocarril seguramente de Puesto Suárez a Tambo Quemado cuando una autopista sería menos onerosa, más útil y sobre todo apta a ampliarse en redes de caminos, avenidas y calles… donde transitarían vehículos de todo tipo, ¿acaso los rieles del tren pueden llegar hasta la casa de todo vecino? (4) El silencio oficial que rodea el estado de cuentas de las empresas que ha creado el Gobierno como EMAPA, PAPERBOL, CARTONBOL, ECEBOL, LACTEOSBOL, AZUCARBOL y EBA, en las que en gran medida ha puesto sus creces seudo socialistas, fuera de haber dado pega a sus adeptos invirtiendo más de un millón de dólares del Tesoro General de la Nación (TGN).

(5) La proclama de los 10.000 millones de dólares de reservas de Banco Central sin mencionar que desde enero de 2006 hasta octubre de 2010 el TGN aumentó la deuda pública interna en US$ 1.364 millones para alcanzar US$ 4.502 millones en octubre de 2010, o sea un aumento de 44 por ciento. Pese a generosas condonaciones de organismos internacionales y países amigos negociadas antes de 2006, la deuda pública externa subió de US$ 4.941 millones en enero de 2006 a US$ 6.379 millones en octubre de 2010. A propósito, según datos oficiales recopilados por el profesor Julio G. Alvarado, el gasto corriente del Estado Plurinacional, de diciembre de 2005 a agosto de 2010, aumentó cincuenta por ciento, mientras que los egresos de capital, importantes “para que se genere más riqueza”, pasaron de US$ 7.832 millones en 2005 a solo US$ 7.975 millones en agosto de 2010, o sea un aumento insignificante de 1,8 por ciento. El Estado debe más de lo que tiene en reservas lo que debería darse a conocer porque se trata de dinero del pueblo o sea de los movimientos sociales, la informalidad, el ejército y la policía, entre otros.

¿Estamos yendo a la deriva en un mar agitado que puede hundir naves incluyendo la del Estado? Sí, y no hay señales de reversión.


El frenesí del Palacio Quemado

enero 4, 2011

El frenesí del Palacio Quemado
Por Jorge V. Ordenes L.
El delirio enfurecido de los principales habitantes del Palacio Quemado (P.Q.) se observó en las varias intervenciones televisadas y radiodifundidas que se dieron a conocer más que nunca y en solo días. Se lo buscaron por descuidados, impulsivos y doctrinarios. Las preguntas de los periodistas nacionales e internacionales, que debieron haber sido más penetrantes, jamás fueron respondidas porque el brete en que se metieron los del P.Q. no tenía salida. Si metieron la pata con el decreto más increíble de la historia moderna de Bolivia, se regodearon en no sacarla con las respuestas de tejado que dieron a las preguntas de la prensa que en realidad, insisto, fueron benévolas. Fue un festín, por no decir un miserere, de improvisaciones inermes más que todo increíbles.

Cuando preguntaron al Vicepresidente si iba haber cambios en el Órgano Ejecutivo (Ó.E.) su respuesta fue que el Gobierno gobernaba con el pueblo. La respuesta debió haber sido que sí, que la reacción popular contra el 748 podía causar cambios en el ÓE y otras entidades debilitadas del Estado como YPFB y sus intrincados arreglos con empresas privadas que por lo visto no los tragan ni los tragarán.

Cuando preguntaron a Su excelencia (S.E.) que si seguían las protestas qué iba a hacer él, su respuesta fue que las protestas eran ¡culpa de la empresa privada! Cuando la respuesta quizá debió haber sido que en ese momento no sabía qué iba a hacer porque él había sobreestimado la capacidad de aguante del pueblo. La siguiente pregunta debió haber sido por qué la sobreestimó cuando se suponía que él conocía y era responsable ante por lo menos el 57 por ciento que votó por él. La respuesta relativamente honesta debió haber sido que, en realidad, la desconocía.

Y ahí radica el problema, o sea, honestamente, en no saber y creer a pie juntillas ¡que se sabe! Y, peor, llamar “traidores” a los que supieron y todavía saben.

La verdad es que el costo político de semejante desconocimiento ejercido ante la idiosincrasia boliviana informal y cuasi informal que pulula y que nunca deja de estar al asecho para sacar tajada de donde puede (cosa que el Ó.E. debió haber sabido de antemano y al dedillo) recalcitran varios fracasos rotundos cuyos planteos y solución se hacen urgentes; y aquí sí hay que apartarse de doctrinas de izquierda o de derecha, de gramscismos, chavismos, castrismos y neoliberalismos porque lo que se necesita es (a) el reconocimiento de los fracasos y (b) la urgente necesidad de soluciones prácticas, incluso silenciosas que solo demuestren su valía por los resultados que observen y palpen los bolivianos donde estén. Y (c) persistir en su planteo e intentos de razonable solución.

Desde el 26 de diciembre se ha visto por lo menos cinco fracasos: (1) Que estatizar alocadamente por razones políticas nunca debió haberse hecho y por lo tanto hay que echar marcha atrás como se hizo con el Decreto 748. Desdecirse una vez más no tiene de malo sobre todo cuando el daño crece por la falta de inversión. Si se aumentaron discretamente los pésimos sueldos que tenían los ingenieros de YPFB, también se puede corregir los otros errores. (2) Por supuesto que hay que subir los precios de los carburantes pero escalonadamente. Fue un error creer que los precios podían mantenerse como estaban hace cinco años y como están ahora. El fracaso estuvo en no haber comenzado a ajustarlos hace años. (3) Que Bolivia no continúe siendo la potencia gasífera de hace cinco años, y que solo comenzará a corregirse si se desestatiza de cuajo, y hoy, la inversión, exploración, explotación, mercadeo y distribución incluyendo la exportación de todos los hidrocarburos. (4) La legislación al respecto incluyendo la impositiva en parte va contra la Constitución de Oruro lo cual significa que hay que cambiarla. He ahí el fracaso. Y (5) El control del contrabando es otro fracaso.

La verdad es que en este momento hay que hacer y el que lo dude pide revivir desatinos como el ya famoso 748.