Europa y “la destrucción creativa”

mayo 19, 2012

Europa y “la destrucción creativa”

Por Jorge V. Ordenes L.*

Los conceptos de acumulación de riqueza inherente al capitalismo y su resultante aniquilación para volverla a producir fueron inicialmente aludidos en el Manifiesto comunista de 1848, para luego ser elaborados con mayor detalle en el libro IV de El capital (1863) de C. Marx. En el siglo XX el sociólogo alemán W. Sombart, hacia 1913, fue el primero en utilizar en sus escritos la frase “la destrucción creativa” como una inercia (provocada) que tiende a socavar e incluso destruir la riqueza existente por medio de guerras y crisis económicas con el propósito de generar renovada riqueza en mayor cuantía, cobertura y posibilidades. Hacia 1942 el economista austriaco-estadounidense, Joseph Shumpeter, postuló que ese ineludible afán de “destrucción creativa” del capitalismo a la larga lo llevaría a su debilitamiento y posible destrucción. Desde entonces varios teoristas como David Harvey,  Marshall Berman y Manuel Castells, entre otros, han encontrado en la “destrucción creativa” una formidable tarima intelectual para justificar desde los desplazamientos geográficos de “la creatividad” capitalista, hasta “la destrucción” inevitable gestada por la innovación de toda índole lubricada por la globalización de ambos impulsos e incluso de lo éticamente aceptable y, desde luego, de lo inaceptable.

 

Ahora, la pregunta ineludible del momento es si la “destrucción creativa” está en plena ejecución en la Unión Europea que encuaderna la mayor crisis financiera (fundamentalmente ética) de todos los tiempos encabezada por Grecia. La respuesta es afirmativa. Me explico.

 

En pleno mayo de 2012 el forzado ajuste presupuestario de cada país de la zona del euro, sostenido sobre todo por Ángela Merkel, Canciller de Alemania (y el gobierno de Finlandia), es audaz, irreverente y hasta quimérico porque pretende imponer no sólo disciplina fiscal a través de un acuerdo que incluye la obligación de volver a adherirse a un déficit máximo del tres por ciento del PIB o menos, sino que pretende deshacerse de los factores estructurales (y aquí está la parte destructiva) que en países como Grecia, España, Italia, Irlanda y Holanda (Inglaterra no está en el Euro) prevalecen… como la corrupción (sustento tradicional de muchos), los presupuestos sociales de salud, educación, jubilación, desempleo más los esporádicos desembolsos de ayuda a empresas estatales y bancos privados (España hoy) que por razones cíclicas endógenas o exógenas necesitan financiamiento como en el caso de los bancos financiadores lúdicamente de la burbuja inmobiliaria que desde 2008 afecta sobre todo a las zonas atemperadas del Mar mediterráneo: Grecia, Italia y España donde, dicho sea de paso, alemanes, escandinavos, ingleses y otros gozan del sol verano tras verano… en propiedades inmuebles demandadas económicamente por ellos.

 

De todos los factores contribuyentes a los déficits, la corrupción, éticamente injustificable pero no menos existente, está ligada a los vectores culturales e históricos que la amamantan y rigen, y a la manera de proceder del Poder Judicial de cada país y hasta de cada región. Ahora, ¡ojo!, intentar alterar y menos sustituirlo o “destruirlo” de la noche a la mañana (Grecia en estos momentos) es, como digo, quimérico. Y como no se puede “destruir”  tampoco se puede “crear” lo nuevo. Quizá se pueda debilitarlo pero poco más. No es tan sencillo.

 

La crisis europea de hoy, por lo menos en los países aludidos de la zona del Mar Mediterráneo, más Portugal, Irlanda, Holanda y por ahí también Francia, guardando cierta distancia de guarismos y circunstancia, ha de ser difícil que den luz verde al designio marxista-estadounidense-merkeliano de “destruir para crear”. ¿Por qué? Porque las colectividades de estos países, alfabetas y mayormente bien comidas (hasta hoy), soportan cada vez menos los recortes de gastos sociales implementados por gobernantes europeos de centro-derecha avezados en la política de intereses creados y su protección.

*Miembro de número de la Academia Boliviana de la Lengua