Brasil ingresa en la primera guerra mundial

noviembre 1, 2017

Por Jorge V. Ordenes-Lavadenz

El 26 de octubre de 1917 Brasil, luego de reformar su Constitución, declara la guerra a Alemania y se alía con Francia, Rusia, Gran Bretaña e Irlanda, luego EEUU, Portugal y Japón, contra Alemania, Austria, Hungría y luego el imperio Otomano y sus aliados. Brasil había declarado su neutralidad al comienzo del conflicto, el 4 de agosto de 1914, lo que causó que sus exportaciones de productos agrícolas a Europa disminuyeran porque los países en conflicto no los consideraban esenciales y porque, según los ingleses, el espacio en barcos había que reservarlo para otras cosas. En 1917 Inglaterra prohibió la importación de café brasileño a lo que se añadió el bloqueo de puertos por parte de Alemania que causó confusión, reacomodo y disminución del ingreso de divisas a Brasil.

Desde que el 7 de mayo de 1915 un submarino alemán hundiese el barco inglés Lusitania en su periplo de nueva York a Inglaterra con 128 pasajeros estadounidenses a bordo, entre otros (y también cargado de pertrechos), los países neutrales como EEUU y Brasil habían conseguido precariamente en 1915 que Alemania respetase barcos de bandera neutral. Esto porque desde ese año Alemania venía amenazando con hundir mercantes de cualquier nación que pretendiesen abastecer a sus enemigos incluyendo desde luego Inglaterra. Pero el respeto alemán duró hasta el 3 de mayo de 1916 cuando el carguero brasileño Rio Branco fue hundido por los alemanes pero, como éste navegaba con bandera inglesa y con tripulación noruega, Brasil no lo consideró un ataque ilegal pese al furor que el hecho provocó en Brasil. Luego, el 5 de abril 1917, hundieron al vapor brasileño Paraná (4.666 ton. y cargado de café) cerca de la costa francesa. Al día siguiente, Woodrow Wilson, presidente de EEUU, rompe relaciones con Alemania y entra en el conflicto que, dicho sea de paso, tiene el efecto de recalcitrar el racismo latente en EEUU en época de su excelencia, W. Wilson, contra el negro estadounidense… que luchó valientemente por su país y sus aliados.

El 4 de junio de 1917 el embajador de Brasil, Dominico da Gama, comunicó por escrito al Secretario de Estado de EEUU, R. Lansing, que Brasil rompía relaciones con Alemania. Añadía que “Brasil nunca ambicionó ni ambiciona nada del conflicto armado… en tanto se contuvo de mostrar parcialidad alguna en el conflicto, no podía quedar indiferente cuando éste concierne a EEUU, y procede sin ningún interés que no sea a favor del orden internacional de justicia, y cuando Alemania nos incluye junto a otras potencias neutrales en los más violento actos de guerra.” En octubre de 1917, el Ministro de RREE de Brasil, Dr. Nilo Pecanha, en carta al Vaticano y al mundo, decía: “De los sufrimientos y desilusiones que ha causado la guerra, un nuevo y mejor mundo de libertad surgirá y de esta manera se logrará una paz duradera sin restricciones políticas ni económicas en la que todos los países encuentren su lugar en los derechos equitativos de intercambios de ideas y mercancías sobre una amplia base de justicia y equidad.”

Aunque la contribución de Brasil al esfuerzo bélico aliado se limitó a una unidad médica y unos cuantos aviadores, ésta se vio compensada con un asiento en la mesa de negociación de la postregua. Pero luego, el hecho de que Brasil tuviese tres delegados en la Conferencia de Paz de París de 1919 molestó a Portugal que había enviado 60.000 hombres al frente de batalla y solo tenía un delegado. Inglaterra apoyó a Portugal y EEUU a Brasil, y no pasó nada, aunque el hecho demostraba la importancia que los países otorgaban a la participación esta vez en Versalles porque sabían que el acuerdo final determinaría las fronteras de la posguerra. El 28 de junio de 1819 Brasil fue una de las 27 naciones firmantes del Tratado de Versalles de 200 páginas. Otras naciones Iberoamericanas firmantes fueron Bolivia, Cuba, Ecuador, Guatemala, Haití, Honduras, Nicaragua, Panamá, Perú y Uruguay.


Emmanuel Macron aprueba ley laboral pese a protestas

septiembre 27, 2017

 

Por Jorge V. Ordenes-Lavadenz

Después de semanas de negociaciones con sindicatos y organizaciones patronales, el 22 de septiembre el presidente francés, de 39 años y políticamente centrista, en una sesión televisada y ante el consejo de ministros, aprobó una nueva ley laboral de 200 páginas que debería ser el comienzo de una renovación del modelo social francés, hoy exhausto por lo oneroso y sobre todo asfixiante de la empresa privada. Las finanzas de la empresa pública tampoco han sido soportables porque el monto de impuestos recabados no es lo que debería ser. Se trata del proyecto estrella de su mandato con el que espera renovar el ímpetu industrial francés que ahora adolece de frustración e inapetencia además del diez por ciento de desempleo de la población activa. “Somos la única gran economía de la Unión Europea (UE) que en las últimas tres décadas no ha logrado derrotar el desempleo masivo” dijo Macron a la revista Le Point del 20 de septiembre. Laurent Berger, líder del sindicato CFDT, por su parte dijo que estaba “profundamente decepcionado” por algunos puntos de la nueva ley… pero no convocó a manifestaciones. El líder del partido de izquierda radical “Francia Insumisa”, Jean-Luc Mélechon, hizo un llamado a “tomar” París para afrontar este “golpe de estado social”. El primer ministro, Eduard Philippe, comentó que la nueva ley ayudaría a Francia “a compensar los años perdidos de desempleo masivo”.

Si se trata de meses e incluso años de “vacas flacas”, es imposible compensar ese alto costo con la holgura de las escasas épocas de “vacas gordas” cuando las hay. Pero esto no queda claro a los miles de manifestantes que paralizaron los esfuerzos de reforma del presidente François Hollande. Y eso que era un socialista conocedor de la situación económica de Francia. Esos manifestantes también han venido haciendo las cosas difíciles para Emmanuel Macron, con manifestaciones recientes de docenas de miles de personas que se oponen a su reforma. La aceptación pública de Macron ha descendido al 40%. Pero éste no descansa y con el Parlamento a favor lleva las de ganar en parte porque ha recurrido al método acelerado de ordenanzas evitando así los prolongados debates legislativos. Los términos de la ley se publican en el Diario Oficial la semana del 24 de septiembre y se dice que entrarán en vigencia inmediatamente.

Según el Hoffington Post, la reforma flexibilizará los despidos y las contrataciones, reforzará la posición negociadora de las empresas sobre las condiciones laborales y el salario. Asimismo se establece la negociación directa entre la empresa y los trabajadores sobre todo la que tenga menos de 50 empleados. Estos deberán elegir un representante que posea la facultad de negociar directamente y llegar a acuerdos definitivos sin que en esto entre el concepto de “sindicato”. El proceso de despido se simplificará y la indemnización se incrementará del 20 al 25% del salario. Los sindicatos por su lado dicen que se da mucho poder a las empresas… y se reducen los derechos de los trabajadores.

Hasta ahora despedir supernumerarios era poco menos que imposible y éstos, organizados, por lo general han hecho vista gorda a la realidad microeconómico de que los costos variables de una empresa, privada o pública, como las gangas y beneficios, e incluso los salarios, deben fluctuar dependiendo del momento sobre todo si se tiene al euro como moneda ya que ésta tradicionalmente ha experimentado poca inflación desde su incepción en once países europeos el 1º de julio de 2002 entre ellos Francia. Macron sabe que las legislaciones laborales de Alemana y los países escandinavos incluyen cláusulas que Francia debe emular, y sabe que las autoridades de la UE tiene “los dedos cruzados” a favor de que Macron tenga éxito en su cometido reformista no solo porque Francia vigorizaría su economía sino que también apaciguaría los ánimos de mucho izquierdista europeo sobre todo del sur de Europa… e Iberoamérica, et al.


Europa: de crisis financiera a existencial

junio 1, 2012

Europa: de crisis financiera a existencial

Por Jorge V. Ordenes L.*

Grecia está desesperada y hasta resignada a la costosísima dragmatización y por lo tanto a su salida del euro; España se engolfa en necesidades de miles de millones de euros para salvar bancos y pagar deudas impagables sin ayuda; Italia se desvela más o menos en las mismas; e Irlanda y Portugal  tambalean. Entre tanto los gobiernos y bancos privados del grueso de Europa reclaman pago, reciben menos y cobran cada vez más por primas de nuevas ediciones de bonos hasta hacer prácticamente imposible nuevos créditos pese a los “cortes de pelo” y a una epidemia de reuniones cumbre y de otros rangos que hasta ahora han logrado poco.

 

Pero quién tiene la culpa de que la UE se encuentre en este trance. Hoy podemos identificar a por lo menos cuatro culpables: (1) la Nueva democracia o derecha política griega y la izquierda conformada por PASOK que cada vez que pudieron, estando en el poder y cada uno por su lado, contrajeron créditos excesivos que gastaron sin considerar la necesidad de crecimiento y competitividad económicos y peor, ocultaron los crecientes déficits de modo que (2) el crédito privado continuó entrando desmedidamente al punto de que, según el economista M.E. El-Erian de PIMCO: “el ingente crédito privado descuidó sus propias responsabilidades de evaluar la cada vez más deteriorada capacidad de pago del gobierno griego.”  (3) Una verdad incontrovertible es que el gobierno griego y los acreedores europeos se sentían protegidos por el afán y hasta ímpetu de integración de la UE basados en el euro. Recordemos que fueron Alemania y Francia los primeras en quebrantar las reglas de control de presupuestos nacionales cuando se lanzó el euro y, claro, los demás se sintieron con la libertad de emularlos y luego descarriarse hasta el límite de lo técnicamente aceptable incluso fraguando cifras por doquier. La falta de vigilancia y controles empeoró todo. (4) Los gobiernos representados en el Fondo Monetario Internacional (FMI) y secundados por un competente cuerpo técnico debieron haber tomado cartas en los asuntos monetarios y fiscales sobre todo cuando estos se desbocaron en varios países miembros del FMI y de la zona de euro. En este sentido todos los gobiernos de la UE tienen algo de culpa de la debacle actual.

 

Pero ¡ojo! los que menos culpa tienen son los feligreses griegos o sea el pueblo que, a cambio del voto electoral, los políticos corruptos ofrecieron y extendieron dádivas del sector salud, jubilación, educación, etc. que la gente humilde aceptó porque el que más o el que menos, en cualquier país del mundo, hubiera aceptado.

 

La verdad es que el intento de unión monetaria en base al euro de economías históricamente tan dispares como la alemana y la griega, sin una unión fiscal e incluso política (que recién ahora se mencionan y sopesan), estaba destinada a la crisis sobre la que el líder del partido verde alemán, Joschka Fischer, acaba de comentar: desafortunadamente la brigada de bomberos que intenta apagar el incendio griego está liderada por Alemania y su canciller Angela Merkel…“intenta apagarlo con gasolina o sea con la austeridad impuesta a los griegos que en tres años ha pasado de crisis europea financiera a una crisis existencial”. Si el euro se desbarata “también se desbaratará la Unión Europea (UE)… y causará su salida de la escena mundial”. Puede ser que Fischer exagere pero la complejidad de la crisis demanda acción concreta y menos revuelo.

 

Todos sabemos que la UE todavía tiene la capacidad económica y técnica par generar crecimiento y salir de la crisis financiero-existencial que los agobia si extienden créditos supervisados del Banco de Inversiones, Fondo de Estabilización, Banco Central Europeo, FMI y acaso ediciones de bonos europeos. Lo que falta es empeño político y una Alemania… líder del cometido. Este es el momento de salvar a Europa y es paradójico que toque a “la perdedora” de la segunda guerra mundial tener que liderarlo.

 

*Miembro de número de la Academia Boliviana de la Lengua


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