La habladuría como resultado

La habladuría como resultado
Por Jorge V. Ordenes L.
La habladuría o copucha está hoy a la orden del día en Bolivia como resultado de la situación política nacional e internacional que por desgracia se presta a interpretaciones y especulaciones de toda índole. Esto invita a mucha gente a afianzarse verbalmente y/o por escrito en la sinrazón; es decir, en dar “razón” o fundamento a lo que más convenga políticamente y por las razones e intencionalidades que tenga en ese momento. Esas razones, según vemos, no siempre son éticamente válidas ni quedan claras. Al contrario, parecen intencionalmente obscuras y abstrusas. Por eso “saber”, como resultado de una investigación incluso rudimentaria, toma un segundo puesto en relación al uso desmedido de la inventiva especulativa, tendenciosa y descontrolada que por lo general y por desgracias recoge el rumor y la habladuría como fuente de información y hasta de ¡dogma! Se trata de la anómala situación que vivimos de un Gobierno de mayoría cuestionable.

Un dividendo de la habladuría que menciono como epidemia es que la autoridad o cualquier otro intérprete de la realidad ficticia, ante el torrente de versiones, toma, casi sin percatarse o por conveniencia, decisiones locales, regionales, nacionales e internacionales ¡equivocadas!… Esto no solamente tiene un costo en recursos y tiempo perdido, sino que también tiene un costo político-histórico porque algún día la verdad saldrá a relucir y los que hemos vivido en esta época, moros y cristianos, encumbrados y no encumbrados, quedaremos como gestores tontos de una confusión consuetudinaria que no beneficia a nadie.

El rumoreo equivale a un campo minado del que se ha perdido o nunca se ha hecho un plano que señale la ubicación de las “minas” o mentiras sobre las que por razones incomprensibles se toman decisiones de monta, y otras. Decisiones, insisto, que bajo ningún punto de vista ofrecen calidad ni menos virtud alguna. Por algún motivo no nos damos cuenta de que todos vamos a tener que volver a caminar ese campo minado que se llama Bolivia lo que demuestra, entre otras cosas, la insensatez de minarlo. Instigar a la mentira o la verdad a medias no es virtud porque no refuerza ninguna verdad. Y si no tenemos la verdad nacional o plurinacional como norte no estamos haciendo nada. En cierto sentido puede ser que estemos trabajando como locos, cavando de día y descavando de noche, pero la verdad es que, insisto, no estamos haciendo un ápice de bien a nadie. Al contrario, estamos socavando estúpidamente el futuro de nuestros hijos y nietos. Por favor, La Paz y Oruro no son toda Bolivia.

En esto estamos reviviendo lo acontecido en los años de 1809 a 1825 en los que el rumoreo y las mil versiones difundidas en bandos, pasquines, anónimos y desde luego habladurías confundieron sobre todo a la autoridad realista e incluso la agotaron en su afán de aproximarse a la verdad sobre lo que acontecía una vez que se dio cuenta de que los rumores no servían. Hoy no es menos, al contrario, es más porque la red internet primero y la prensa electrónica después difunden despiadadamente lo que la prensa escrita corrobora y hasta complementa. Tanto entonces como ahora parecería que hubiese gente pagada para gestar y difundir rumores con el propósito de confundir y crear un gigantesco “río revuelto” donde el pescador que pretenda sacar ganancia, insisto, no sacará nada, y ahí está el quid de la cuestión.

¿Cuál es el motivo de crear confusión y habladuría por doquier? Si vamos a tener lo plurinacional como norte acordemos que “pluri” significa varias y que “nacional” se refiere a naciones. Lo que quiere decir que Bolivia nunca ha sido solamente la nación aymara, quechua o guaraní, y otras menores no menos respetables, sino que también es el mestizaje, en gran medida americano, europeo, occidental y cristiano, que suma la mitad de la población de nueve millones de sufrientes. Y el que utilice el rumor mal fundado para socavarlo está minando la plurinacionalidad de que está compuesta Bolivia, y que ha sido proclamada hasta el cansancio y por todos los medios durante los recientes tres años. Para muchos de nosotros Cristóbal Colón descubrió América y ésta lo descubrió a él, y esto no es rumoreo ni menos habladuría. Así fue y punto. Que el cura Bartolomé de las Casas y otros religiosos y no religiosos defendieron a brazo partido los derechos de los originarios americanos a partir del siglo XVI es un hecho histórico que merece no uno sino varios monumentos. ¿Por qué no reconocerlo?

¿Por qué no reconocer el histórico valor del derecho romano, del código napoleónico y las derivaciones que hoy se concretan en el derecho civil y otros que han sido maná jurídico de la nación mestiza de Bolivia? Que ha sido adoptada y practicada imperfectamente en Bolivia nadie lo niega. El reto es hacerla viable para todos y no tratar de imponer a como dé lugar otro tipo de justicia que la nación mestiza no considera propio para ella ni para nadie. ¿A qué tanta habladuría para desvirtuarla? JVOrdenes.wordpress.com

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